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POEMAS
 

IN MEMORIAM  FALLECE RAFAEL ALBERTI  BIOGRAFÍA BIBLIOGRAFÍA  ENLACES



 
 
 
 
 










 

Marinero en tierra

 

Cal y canto

 

Sobre los Ángeles

 

LXXV Balada del andaluz perdido



 
 
 

Marinero en tierra


  ... Y ya estarán los esteros 
rezumando azul de mar. 
¡Dejadme ser, salineros,
granito del salinar!
¡Qué bien, a la madrugada, 
correr en las vagonetas, 
llenas de nieve salada, 
hacia las blancas casetas!
¡Dejo de ser marinero, 
madre, por ser salinero!
                     *
   Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra.
¡Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla
y sobre el ancla una estrella
y sobre la estrella el viento
y sobre el viento la vela!
 



 
 

Cal y canto

Carta abierta

(Falta el primer pliego)

   ... Hay peces que se bañan en la arena
y ciclistas que corren por las olas.
Yo pienso en mí. Colegio sobre el mar. 
Infancia ya en balandro o bicicleta.
   Globo libre, el primer balón flotaba
sobre el grito espiral de los vapores.
Roma y Cartago frente a frente iban,
marineras fugaces sus sandalias.
   Nadie bebe latín a los diez años. 
El Álgebra, ¡quién sabe lo que era!
La Física y la Química, ¡Dios mío, 
si ya el sol se cazaba en hidroplano!
   ... Y el cine al aire libre. Ana Bolena, 
no sé por qué, de azul va por la playa.
Si el mar no la descubre, un policía
la disuelve en la flor de su linterna.
   Bandoleros de smoking, a mis ojos
sus pistolas apuntan. Detenidos, 
por ciudades de cielos instantáneos, 
me los llevan sin alma, vista sólo.
   New York está en Cádiz o en el Puerto. 
Sevilla está en París, Islandia o Persia. 
Un chino no es un chino. Un transeúnte
puede ser blanco al par que verde y negro.
   En todas partes tú, desde tu rosa, 
desde tu centro inmóvil, sin billete, 
muda la lengua, riges, rey del todo...
Y es que el mundo es un álbum de postales.
   Multiplicando pasas en los vientos, 
en la fuga del tren y los tranvías.
No en ti muere el relámpago que piensas, 
sino a un millón de lunas de tus labios.
   Yo nací -¡respetadme!- con el cine.
Bajo una red de cables y de aviones.
Cuando abolidas fueron las carrozas
de los reyes y al auto subió el Papa.
   Vi los telefonemas que llovían,
plumas de ángel azul, desde los cielos.
Las orquestas seráficas del aire
guardó el auricular en mis oídos.
 

 De lona y níquel, peces de las nubes,
bajan al mar periódicos y cartas. 
(Los carteros no creen en las sirenas
ni en el vals de las olas, sí en la muerte.
   Y aún hay calvas marchitas a la luna 
y llorosos cabellos en los libros. 
Un polisón de nieve, blanqueando
las sombras, se suicida en los jardines.
   ¿Qué será de mi alma, que hace tiempo
bate el récord continuo de la ausencia?
¿Qué de mi corazón, que ya ni brinca, 
picado ante el azar y el accidente?
   Exploradme los ojos, y, perdidos, 
os herirán las ansias de los náufragos, 
la balumba de nortes ya difuntos, 
el solo bamboleo de los mares. 
   Cascos de chispa y pólvora, jinetes 
sin alma y sin montura entre los trigos;
basílicas de escombros, levantadas
trombas de fuego, sangre, cal, ceniza.
   Pero también, un sol en cada brazo, 
el alba aviadora, pez de oro, 
sobre la frente un número, una letra, 
y en el pico una carta azul, sin sello. 
   Nuncio -la voz, eléctrica, y la cola-
del aceleramiento de los astros,
del confín del amor, del estampido 
de la rosa mecánica del mundo.
   Sabed de mí, que dije por teléfono
mi madrigal dinámico a los hombres:
¿Quién eres tú, de acero, estaño y plomo?
-Un relámpago más, la nueva vida.
(Falta el último pliego)



 
 
 

Sobre los ángeles

Paraíso perdido

   A través de los siglos, 
por la nada del mundo, 
yo, sin sueñó, buscándote.
   Tras de mí, imperceptible,
sin rozarme los hombros,
mi ángel muerto, vigía.
   "¿Adónde el Paraíso,
sombra, tú que has estado?"
Pregunta con silencio.
   Ciudades sin respuesta, 
ríos sin habla, cumbres
sin ecos, mares mudos.
   Nadie lo sabe. Hombres
fijos, de pie, a la orilla
parada de las tumbas,
   me ignoran. Aves tristes, 
cantos petrificados,
en éxtasis el rumbo,
   ciegas. No saben nada.
Sin sol, vientos antiguos, 
inertes, en las leguas
   por andar, levantándose
calcinados, cayéndose
de espaldas, poco dicen. 
Diluidos, sin forma
la verdad que en sí ocultan, 
huyen de mí los cielos.
   Ya en el fin de la tierra, 
sobre el último filo, 
resbalando los ojos,
   muerta en mí la esperanza, 
ese pórtico verde
busco en las negras simas.
¡Oh boquete de sombras!
¡Hervidero del mundo!
¡Qué confusión de siglos!
   ¡Atrás, atrás!¡Qué espanto
de tinieblas sin voces!
¡Qué perdida mi alma!
   "Ángel muerto, despierta.
¿Dónde estás? Ilumina
con tu rayo el retorno."
   Silencio. Más silencio. 
Imóviles los pulsos
del sinfín de la noche. 
   ¡Paraíso Perdido!
Perdido por buscarte,
yo, sin luz para siempre.

 

El ángel bueno

   Un año, ya dormido,
alguien que no esperaba 
se paró en mi ventana.
   "¡Levántate!" Y mis ojos 
vieron plumas y espadas.
   Atrás montes y mares, 
nubes, picos y alas,
los ocasos, las albas.
   "¡Mírala ahí! Su sueño, 
pendiente de la nada."
"¡Oh anhelo, fijo mármol, 
fija luz, fijas aguas
móviles de mi alma!"
   Alguien dijo: "¡Levántate!"
Y me encontré en tu estancia.

El ángel de los números 

   Vírgenes con escuadras
y compases, velando
las celestes pizarras.
   Y el ángel de los números,
pensativo, volando del 1 al 2, del 2
al 3, del 3 al 4.
   Tizas frías y esponjas 
rayaban y borraban 
la luz de los espacios.
Ni sol, luna, ni estrellas,
ni el repentino verde 
del rayo y el relámpago,
ni el aire. Sólo nieblas.
   Vírgenes sin escuadras,
sin compases, llorando. 
   Y en las muertas pizarras
el ángel de los números, 
sin vida, amortajado 
sobre el 1 y el 2, 
sobre el 3, sobre el 4...
 

El ángel bueno

   Dentro del pecho se abren 
corredores anchos, largos,
que sorben todas las mares.
   Vidrieras, 
que alumbran todas las calles.
   Miradores,
que acercan todas las torres. 
  Ciudades deshabitadas
se pueblan, de pronto. Trenes
descarrilados, unidos
marchan.
   Naufragios antiguos flotan.
La luz moja el pie en el agua.
   ¡Campanas!
   Gira más de prisa el aire.
El mundo, con ser el mundo,
en la mano de un niña
cabe.
   ¡Campanas!
Una carta del cielo bajó un ángel.
 
 

El ángel ceniciento

   Precipitadas las luces 
por los derrumbos del cielo, 
en la barca de las nieblas
bajaste tú, Ceniciento.
   Para romper cadenas
y enfrentar a la tierra contra el viento.
   Iracundo, ciego.
   Para romper cadenas
y enfrentar a los mares contra el fuego.
   Dando bandazos el mundo,
por la nada rodó, muerto. 
No se enteraron los hombres.
Sólo tú y yo, Ceniciento.

El ángel ángel

   Y el mar fue y le dio un nombre
y un apellido el viento
y las nubes un cuerpo
y un alma el fuego.
   La tierra, nada.
   Ese reino movible,
colgado de las águilas, 
no la conoce.
Nunca escribió su sombra
la figura de un hombre.
 
 

El ángel bueno

   Vino el que yo quería, 
el que yo llamaba.
   No aquel que barre cielos sin defensas,
luceros sin cabañas,
lunas sin patria,
nieves.
Nieves de esas caídas de una mano,
un nombre,
un sueño,
una frente.
   No aquel que a sus cabellos
ató la muerte.
   El que yo quería.
   Sin arañar los aires,
sin herir hojas ni mover cristales.
   Aquel que a sus cabellos
ató el silencio.
   Para, sin lastimarme,
cavar una ribera de luz, dulce en mi pecho, 
y hacerme el alma navegable.

 
 

LXXV  Balada del andaluz perdido


Perdido está el andaluz
del otro lado del río.
-Río, tú que lo conoces:
¿quién es y por qué se vino?
Vería los olivares
cerca tal vez de otro río.
-Río, tú que lo conoces:
¿qué hace siempre junto al río?
Vería el odio, la guerra,
cerca tal vez de otro río.
-Río, tú que lo conoces:
¿qué hace solo junto al río?
Veo su rancho de adobe
del otro lado del río.
No veo los olivares
del otro lado del río.
Sólo caballos, caballos,
caballos solos, perdidos.
¡Soledad de un andaluz
del otro lado del río!
¿Qué hará solo ese andaluz
del otro lado del río?

(De Balada y canciones del Paraná, 1953-1954). 
 


 
 
 
 
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