El coronel no tiene quien le escriba
(Fragmento)

Ilustraciones por Cathleen Toelke
El
coronel... volvió a abrirse paso, sin mirar a nadie, aturdido por
los aplausos y los gritos, y salió a la calle con el gallo bajo
el brazo.
Todo el pueblo
-la gente de abajo- salió averlo pasar seguido
por los niños de la escuela. Un negro gigantesco trepado en una
mesa y con una culebra enrollada en el cuello vendía medicinas sin
licencia en una esquina de la plaza. De regreso del puerto un grupo numeroso
se había detenido a escuchar su pregón. Pero cuando pasó
el coronel con el gallo la atención se desplazó hacia él.
Nunca había sido tan largo el camino de su casa.
No se arrepintió.
Desde hacía mucho tiempo el pueblo yacía en una especie de
sopor, estragado por diez años de historia. Esa tarde -otro viernes
sin carta- la gente había despertado. El coronel se acordó
de otra época. Se vio a sí mismo con su mujer y su hijo asistiendo
bajo el paraguas a un espectáculo que no fue interrumpido a pesar
de la lluvia. Se acordó de los dirigentes de su partido, escrupulosamente
peinados, abanicándose en el patio de su casa al compás de
la música. Revivió casi la dolorosa resonancia del bombo
en sus intestinos.
Cruzó por
la calle paralela al río, y también allí encontró
la tumultuosa muchedumbre de los remotos domingos electorales. Observaban
el descargue del circo. Desde el interior de una tienda una mujer gritó
algo relacionado con el gallo. Él siguió absorto hasta su
casa, todavía oyendo voces dispersas, como si lo persiguieran los
desperdicios de la ovación de la gallera.
En la puerta
se dirigió a los niños.
-Todos para
su casa -dijo-. Al que entre lo saco a correazos.
Puso la tranca
y se dirigió directamente a la cocina. Su mujer salió
asfixiándose del dormitorio.
-Se lo llevaron
a la fuerza -gritó-. Les dije que el gallo no saldría de
esta casa mientras yo estuviera viva.
El coronel
amarró el gallo al soporte de la hornilla. Cambió el agua
al tarro, perseguido por la voz frenética de la mujer.
-Dijeron que
se lo llevarían por encima de nuestros cadáveres -dijo-.
Dijeron que el gallo no era nuestro, sino de todo el pueblo.
Sólo
cuando terminó con el gallo el coronel se enfrentó al rostro
trastornado de su mujer. Descubrió sin asombro que no le producía
remordimiento ni compasión.
-Hicieron bien
-dijo calmadamente. Y luego, registrándose los bolsillos, agregó,
con una especie de insondable dulzura-: El gallo no se vende.
Ella lo siguío
hasta el dormitorio. Lo sintió completamente humano, pero inasible,
como si lo estuviera viendo en la pantalla de un cine. El coronel extrajo
del ropero un rollo de billetes, lo juntó al que tenía en
lo bolsillos, contó el total y lo guardó en el ropero.
-Ahí
hay veintinueve pesos para devolvérselos a mi compadre Sabas -dijo-.
El resto se le paga cuando venga la pensión.
-Y si no viene...
-preguntó la mujer.
-Vendrá.
-Pero si no
viene...
-Pues entonces
no se le paga.
Encontró
los zapatos nuevos debajo de la cama. Volvió al armario por la caja
de cartón, limpió la suela con un trapo y metió los
zapatos en la caja, como los llevó su esposa el domingo en la noche.
Ella no se movió.
-Los zapatos
se devuelven -dijo el coronel-. Son trece pesos más para mi compadre.
-No los reciben
-dijo ella.
Tienen que
recibirlos -replicó el coronel-. Sólo me los he puesto dos
veces.
-Los turcos
no entienden de esas cosas -dijo la mujer.
-Tienen que
entender.
-Y si no entienden...
-Pues entonces
que no entiendan.
Se acostaron
sin comer. El coronel esperó a que su mujer terminara el rosario
para apagar la lámpara. Pero no pudo dormir. Oyó las campanas
de la censura cinematográfica, y casi en seguida -tres horas después-
el toque de queda. La pedregosa respiración de la mujer se hizo
angustiosa con el aire helado de la madrugada. El coronel tenía
aún los ojos abiertos cuando ella habló con una voz reposada,
conciliatoria.
-Estás
despierto.
-Sí.
-Trata de entrar
en razón -dijo la mujer-. Habla mañana con mi compadre Sabas.
-No viene
hasta el lunes.
-Mejor -dijo
la mujer-. Así tendrás tres días para recapacitar.
-No hay nada
que recapacitar -dijo el coronel.
El viscoso
aire de octubre había sido sustituido por una frescura apacible.
El coronel volvió a reconocer a diciembre en el horario de los alcaravanes.
Cuando dieron las dos, todavía no había podido dormir. Pero
sabía que su mujer también estaba despierta. Trató
de cambiar de posición en la hamaca.
-Estás
desvelado -dijo la mujer.
-Sí.
Ella pensó
un momento.
-No estamos
en condiciones de hacer esto -dijo-. Ponte a pensar cuántos son
cuatrocientos pesos juntos.
-Ya falta poco
para que venga la pensión -dijo el coronel-.
-Estás
diciendo lo mismo desde hace quince años.
-Por eso -dijo
el coronel-. Ya no puede demorar mucho más.
Ella hizo un
silencio. Pero cuando volvió a hablar, al coronel le pareció
que el tiempo no había transcurrido.
-Tengo la impresión
de que esa plata no llegará nunca -dijo la mujer.
-Llegará.
-Y si no llega...
Él no
encontró la voz para responder. Al primer canto del gallo tropezó
con la realidad, pero volvió a hundirse en un sueño denso,
seguro, sin remordimientos. Cuando despertó, ya el sol estaba alto.
Su mujer dormía. El coronel repitió metódicamente,
con dos horas de retraso, sus movimientos matinales, y esperó a
su esposa para desayunar.
Ella
se levantó impenetrable. Se dieron los buenos días y se sentaron
a desayunar en silencio. El coronel sorbió una taza de café
negro acompañada con un pedazo de queso y un pan de dulce. Pasó
toda la mañana en la sastrería. A la una volvió a
la casa y encontró a su mujer remendando entre las begonias.
-Es hora del
almuerzo -dijo.
-No hay almuerzo
-dijo la mujer.
Él se
encogió de hombros. Trató de tapar los portillos de la cerca
del patio para evitar que los niños entraran a la cocina. Cuando
regresó al corredor, la mesa estaba servida.
En el curso
del almuerzo el coronel comprendió que su esposa se estaba forzando
para no llorar. Esa certidumbre lo alarmó. Conocía el carácter
de su mujer, naturalmente duro, y endurecido todavía más
por cuarenta años de amargura. La muerte de su hijo no le arrancó
una lágrima.
Fijó
directamente en sus ojos una mirada de reprobación. Ella se mordió
los labios, se secó los párpados con la manga y siguió
almorzando.
-Eres un desconsiderado
-dijo.
El coronel
no habló.
-Eres caprichoso,
terco y desconsiderado -repitió ella. Cruzó los cubiertos
sobre el plato, pero en seguida rectificó supersticiosamente la
posición-. Toda una vida comiendo tierra, para que ahora resulte
que merezco menos consideración que un gallo.
-Es distinto
-dijo el coronel.
-Es lo mismo
-replicó la mujer-. Debías darte cuenta de que me estoy muriendo,
que esto que tengo no es una enfermedad, sino una agonía.
El coronel
no habló hasta cuando no terminó de almorzar.
-Si el doctor
me garantiza que vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo en seguida
-dijo-. Pero si no, no.
Esa tarde llevó
el gallo a la gallera. De regreso encontró a su esposa al borde
de la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la
espalda, los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de
sus pulmones. Allí estuvo hasta la prima noche. Luego se acostó
sin dirigirse a su marido.
Masticó
oraciones hasta un poco después del toque de queda. Entonces el
coronel se dispuso a apagar la lámpara. Pero ella se opuso.
-No quiero
morirme en tinieblas -dijo.
El coronel
dejó la lámpara en el suelo. Empezaba a sentirse agotado.
Tenía deseos de olvidarse de todo, de dormir de un tirón
cuarenta y cuatro días y despertar el veinte de enero a las tres
de la tarde, en la gallera y en el momento exacto de soltar el gallo. pero
se sabía amenazado por la vigilia de la mujer.
-Es la misma
historia de siempre -comeñzó ella un momento después-.
Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros. Es la misma historia
desde hace cuarenta años.
El coronel
guardó silencio hasta cuando su esposa hizo una pausa para preguntarle
si estaba despierto. Él respondió que sí. La mujer
continuó en un tono liso, fluyente, implacable.
-Todo el mundo
ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que
no tenemos ni un centavo para apostar.
-El dueño
del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.
-También
tenías derecho a tu pensión de veterano después de
exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida
asegurada, y tú estás muerto de hambre, completamente solo.
-No estoy solo
-dijo el coronel.
Trató
de explicar algo, pero lo venció el sueño. Ella siguió
hablando sordamente hasta cuando se dio cuenta de que su esposo dormía.
Entonces salió del mosquitero y se paseó por la sala en tinieblas.
Allí siguió hablando. El coronel la llamó en la madrugada.
Ella apareció
en la puerta, espectral, iluminada desde abajo por la lámpara casi
extinguida. La apagó antes de entrar al mosquitero. Pero siguió
hablando.
-Vamos a hacer
una cosa -la interrumpió el coronel.
-Lo único
que se puede hacer es vender el gallo -dijo la mujer.
-También
se puede vender el reloj.
-No lo compran.
-Mañana
trataré de que Álvaro me dé los cuarenta pesos.
-No te los
da.
-Entonces se
vende el cuadro.
Cuando la mujer
volvió a hablar estaba otra vez fuera del mosquitero. El coronel
percibió su respiración impregnada de hierbas medicinales.
-No lo
compran -dijo.
-Ya veremos
-dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-.
Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará
en otra cosa.
Trató
de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó
hasta el fondo de una substancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras
de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después
se sintió sacudido por el hombro.
-Contéstame.
El coronel
no supo si había oído esa palabra antes o después
del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad
verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían
los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
-Qué
se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya
será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-.
El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el
gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el
gallo puede perder.
-Es un gallo
que no puede perder.
-Pero supónte
que pierda.
-Todavía
faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo
el coronel.
La mujer se
desesperó.
-Y mientras
tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por
el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué
comemos.
El coronel
necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años
de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió
puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-Mierda.
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