Remedios la Bella
Uno de los personajes más fascinantes
de Macondo. Remedios es una mujer bellísima y extraña, elemental
y pura, que vive como ajena a la vida ordinaria. Su belleza enciende el deseo de los hombres,
pero aquellos que intentan consumarlo mueren de forma inesperada. Veamos el poético
final de la historia de tan insólita mujer.

Ilustración por Thomas Woodruffe.
La suposición de que Remedios,
la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces sustentada por
cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se
complacían en decir que bien valía sacrificar la vida por
una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno
hizo esfuerzos por conseguirlo.
Tal vez, no sólo para rendirla sino
también para conjurar sus peligros, habría bastado con un
sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero eso fue lo único
que no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió a ocuparse
de ella. En otra época, cuando todavía no renunciaba al propósito
de salvarla para el mundo, procuró que se interesara por los asuntos
elementales de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú
crees", le decía enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar,
mucho que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además
de lo que crees." En el fondo se engañaba a sí misma tratando
de adiestrarla para la felicidad doméstica,, porque estaba convencida
de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre
sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una
negligencia que estaba más allá de toda comprensión.
El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable
voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus
preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando
que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había
de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar
con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda
tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas
del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta
a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión
simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le decía, perpleja
ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres. Más tarde,
cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella,
asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó
que aquel recurso misterioso resultaría tan provocador, que muy
pronto habría un hombre lo bastante intrigado como para buscar con
paciencia el punto débil de su corazón. Pero cuando vio la
forma insensata en que despreció a un pretendiente que por muchos
motivos era más apetecible que un príncipe, renunció
a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla.
Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval
sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria. Pero cuando
la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera
un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que
los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel
Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios,
la bella, era en realidad el ser más lúcido que había
conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa
habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios,
la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces
a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus
baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos
y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que
Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante,
y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado,
cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada
por una palidez intensa.
-¿Te sientes mal? -le
preguntó.
Remedios, la bella, que tenía
agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario -dijo-, nunca me
he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando
Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó
las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud.
Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines
y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante
en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi
ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza
de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced
de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós
con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían
con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias,
y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro
de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde
no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la
memoria.
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