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ML GRANDES ESCRITORES - Pablo Neruda
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Residencia en la tierra




Débil del alba


El día de los desventurados, el día pálido se asoma
con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris, 
sin cascabeles, goteando el alba por todas partes: 
es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto.

Porque se fue de tantos sitios la sombra húmeda, callada, 
de tantas cabilaciones en vano, de tantos parajes terrestres
en donde debió ocupar hasta el designio de las raíces, 
de tanta forma aguda que se defendía.
Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso,
entre el sabor creciente, poniendo el oído
en la pura circulación, en el aumento, 
cediendo sin rumbo el paso a lo que arriba, 
a lo que surge vestido de cadenas y claveles; 
yo sueño, sobrellevando mis vestigios morales.

Nada hay de precipitado, ni de alegre, ni de forma orgullosa:
todo aparece haciéndose con evidente pobreza;
la luz de la tierra sale de sus párpados
no como la campanada, sino más bien como las lágrimas, 
el tejido del día, su lienzo débil, 
sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas
en una despedida, detrás de la ausencia:
es el color que sólo quiere reemplazar, 
cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.
Estoy solo entre materias desvencijadas, 
la lluvia cae sobre mí, y se me parece,
se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto, 
rechazada al caer, y sin forma obstinada.



Ritual de mis piernas

largamente he permanecido mirando mis largas piernas, 
con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasión, 
como si hubieran sido las piernas de una mujer "divina"
profundamente sumida en el abismo de mi tórax:
y es que, la verdad, cuando el tiempo, el tiempo pasa, 
sobre la tierra, sobre el techo, sobre mi impura cabeza, 
y pasa, el tiempo pasa, y en mi lecho no siento de noche que una 
                [mujer está respirando, durmiendo desnuda y a mi lado,
entonces, extrañas, oscuras cosas toman el lugar de la ausente, 
viciosos, melancólicos pensamientos
siembran pesadas posibilidades en mi dormitorio, 
y así, pues, miro mis piernas como si pertenecieran a otro cuerpo, 
y fuerte y dulcemente estuvieran pegadas a mis entrañas.

Como tallos o femeninas, adorables cosas, 
desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas, 
con turbado y compacto material de existencia;
como brutales, gruesos brazos de diosa, 
como árboles monstruosamente vestidos de seres humanos,
como fatales, inmensos labios sedientos y tranquilos, 
son allí la mejor parte de mi cuerpo:
lo enteramente sustancial, sin complicado contenido
de sentidos o tráqueas o intestinos o ganglios:
nada, sino lo puro, lo dulce y espeso de mi propia vida, 
guardando la vida, sin embargo, de una manera completa.

Las gentes cruzan el mundo en la actualidad
sin apenas recordar que poseen un cuerpo y en él la vida, 
y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo, 
y se habla favorablemente de la ropa, 
de pantalones es posible hablar, de trajes, 
y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de "señora"), 
como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo
y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

Tienen existencia los trajes, color, forma, designio, 
y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar, 
demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo, 
y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido, 
con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas. 
Bueno, mis rodillas, como nudos, 
particulares, funcionarios, evidentes, 
separan las mitades de mis piernas en forma seca:
y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes
no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas.
Desde la rodilla hasta el pie una forma dura,
mineral, fríamente útil, aparece, 
una criatura de hueso y persistencia, 
y los tobillos no son ya sino el propósito desnudo, 
la exactitud y lo necesario dispuestos en definitiva.

Sin sensualidad, cortas y duras, y masculinas, 
son allí mis piernas, y dotadas
de grupos musculares como animales complementarios, 
y allí también una vida, una sólida, sutil, aguda vida
sin temblar permanece, aguardando y actuando.
En mis pies cosquillosos, 
y duros como el sol, y abiertos como flores,
y perpetuos, magníficos soldados
en la guerra gris del espacio,
todo termina, la vida termina definitivamente en mis pies,
lo extranjero y lo hostil allí comienza:
los nombres del mundo, lo fronterizo y lo remoto, 
lo sustantivo y lo adjetivo que no caben en mi corazón
con densa y fría constancia allí se originan.

Siempre,
productos manufacturados, medias, zapatos,
o simplemente aire infinito,
habrá entre mis pies y la tierra
extremando lo aislado y lo solitario de mi ser,
algo tenazmente supuesto entre mi vida y la tierra, 
algo abiertamente invencible y enemigo.



Trabajo frío

Dime, del tiempo, resonando
en tu esfera parcial y dulce,
no oyes acaso el sordo gemido?

No sientes de lenta manera, 
en trabajo trémulo y ávido,
la insistente noche que vuelve?

Secas sales y sangre aéreas,
atropellado correr ríos, 
temblando el testigo constata.

Aumento oscuro de paredes,
crecimiento brusco de puertas,
delirante población de estímulos,
circulaciones implacables.

Alrededor, de infinito modo,
en propaganda interminable, 
de hocico armado y definido, 
el espacio hierve y se puebla.

No oyes la constante victoria,
en la carrera de los seres, 
del tiempo, lento como el fuego,
seguro y espeso y hercúleo, 
acumulando su volumen
y añadiendo su triste hebra?

Como una planta perpetua, aumenta
su delgado y pálido hilo, 
mojado de gotas que caen 
sin sonido, en la soledad.

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