Entiendo
que usted corre tabla hawaiana en las encrespadas olas del pacífico
en el verano, en los inviernos se desliza en esquí por las pistas
chilenas de Portillo y las argentinas de Bariloche, suda todas las mañanas
en el gimnasio haciendo aeróbicos, o corriendo en pistas de atletismo,
o parques y calles, ceñido en un buzo térmico que le frunce
el culo y la barriga como los corcets de antaño que asfixiaban a
nuestras abuelas, y no se pierde partido de la selección nacional,
ni el clásico Alianza Lima versus Universitario de Deportes, ni
campeonato de boxeo por el título sudamericano, latinoamericano,
estadounidense, europeo o mun-dial, ocasiones en que, atornillado frente
a la pantalla del televisor y amenizando el espectáculo con tragos
de cerveza, cubalibres o Whisky a las rocas, se desgañita, congestiona,
aúlla, gesticula o deprime con las victorias o fracasos de sus ídolos,
como corresponde al hincha antonomásico. Razones sobradas, señor,
para que yo confirme mis peores sospechas sobre el mundo en que vivimos,
y lo tenga a usted por un descerebrado, cacaseno y subnormal. (Uso la primera
y la tercera expresión como metáforas; la del medio en sentido
literal. )Sí, efectivamente en su atrofiado intelecto se ha hecho
luz: tengo a la práctica de los deportes en general, y al culto
de la práctica del deporte en particular, por formas extremas de
la imbecilidad que acercan al ser humano al carnero, las ocas y la hormiga,
tres instancias agravadas del gragarismo animal. Calme usted sus ansias
cachascanistas de triturarme, y escuche, ya hablaremos de los griegos y
del hipócrita Mens sana in corpore sano dentro de un momento. Antes
debo decirle que los únicos deportes que exonero de la picota son
los de mesa (excluído el ping-pong), y de cama (incluída
por supuesto la masturbación). Ahora, podemos hablar de los griegos,
para que no joda más con Platón y Aristóteles... |