Los cuadernos de don Rigoberto
, de Mario Vargas Llosa. Alfaguara, España, 1997. 384 páginas.
Casi diez años después Vargas
Llosa retorna a la familia de don Rigoberto, la apetecible doña
Lucrecia, la suspicaz Justiniana y el ambiguo Fonchito. Han pasado seis
meses desde la ruptura conyugal que desencadenara Fonchito en Elogio de
la madrastra (Tusquets, 1988), cuando una tarde aparece en casa de
doña Lucrecia. Ante el reproche de la madrastra pide perdón,
y poco a poco logra introducirse nuevamente en la vida de esa mujer que
porta orgullosa la armonía de sus cuarenta años. Pero nunca
se puede estar seguro de Fonchito: "¿Es un monstruo? (...) ¿Se
da cuenta de lo que hace, de lo que dice? ¿Hace lo que hace sabiéndolo,
midiendo las consecuencias? ¿O, es posible que no? ¿Que sea,
simplemente, un niño travieso, cuyas travesuras resultan monstruosas,
sin que él lo quiera?" (p. 370).
Estética
La novela está estructurada en nueve
capítulos y un epílogo. En cada uno aparece alguna anotación
de don Rigoberto y una misiva anónima, que tendrá importancia
en la segunda mitad del libro. De esta manera la acción de los personajes
transcurre por un carril, y la acción de la imaginación erótica
por otro, pero no como secuencias antagónicas sino como un contrapunto
preciso, dos caras de una misma moneda. Anteriormente el autor utilizó
esta técnica en La tía Julia y el escribidor , donde fusionaba
la historia de los protagonistas con los radioteatros desquiciados que
escribía Pedro Camacho.
En Elogio de
la madrastra Vargas Llosa provocaba este contrapunto apoyado por
una pinacoteca y las voces de los modelos de los cuadros. Ahora no aparecen
las reproducciones de los cuadros, pero son citados y minuciosamente descriptos.
Hay referencias a quella novela, pero es aquí donde el tema alcanza
su plenitud.
El autor sostiene
una idea que no todos comparten o logran llevar a la práctica, lo
que no implica, claro está, que termine siendo, como toda actitud
definitoria, un reduccionismo al que perfectamente se le pueden encontrar
excepciones (utilizando, incluso, los mismos ejemplos que aporta el escritor):
"La obligación de una película y de un libro es entretenerme.
Si viéndola o leyéndolo me distraigo, cabeceo o me quedo
dormido, han faltado a su deber y son un mal libro, una mala película.
Ejemplos conspicuos: El hombre sin cualidades , de Musil, y todas las películas
de esos embauques llamados Oliver Stone o Quentin Tarantino" (p. 287).
Al margen de
la controversia, la novela entretiene. Las casi cuatrocientas páginas
se leen sin que se noten. Frases ajustadas, gracia, desparpajo, hacen de
este un libro inteligente y diáfano, de lectura gozosa.
Los cuadernos
Desde sus cuadernos don Rigoberto critica los
cánones establecidos por la moda y promueve, entre otras cosas,
las formas renacentistas. La imaginación es un elemento esencial.
Los cuadernos muestran las fantasías al desnudo, las apetencias
y placeres más privados, pero siempre desde una óptica controlada,
entre risueña y provocativa. Escribirlos no es solo un deseo de
fijarlos ante el devenir del tiempo: esos cuadernos son el verdadero motor
de la novela, su eje y nexo y, al fin de cuentas, el sentido ético
y objetivo estético de Vargas Llosa: es a través de
esos ensayos que el universo hedonista cobra vida. Todos giran en torno
a la filosofía del amor carnal, desde Rigoberto a la madrastra y
a Fonchito, que no vacila en servirse de ellos para su estrategia. En realidad,
la aventura de los protagonistas es el pre-texto que da marco al
texto de esos ensayos.
El capítulo
"Carta al lector de Playboy o tratado mínimo de estética"
es un dechado de elegancia y sarcasmo sobre los cuerpos que hiciera -y
hace- famosos Hugh Heffner, además de sugerir una concepción
estética general: "Todo lo que brilla es feo. Hay ciudades brillantes,
como Viena, Buenos Aires y París; escritores brillantes, como Umberto
Eco, Carlos Fuentes, Milan Kundera y John Updike, y pintores brillantes
como Andy Warhol, Matta y Tapies. Aunque todo eso destella, para mí
es prescindible. Sin excepción, todos los arquitectos modernos son
brillantes, por lo cual la arquitectura se ha marginado del arte y convertido
en una rama de la publicidad y las relaciones públicas, por lo que
es conveniente descartar a aquellos en bloque y recurrir únicamente
a albañiles y maestros de obras y a la inspiración de los
profanos. No hay músicos brillantes, aunque lucharon por serlo y
casi lo consiguieron compositores como Maurice Ravel y Erik Satie. El cine,
divertido como el ludo o la lucha libre, es postartístico y no merece
ser incluido dentro de consideraciones sobre estética, pese a algunas
anomalías occidentales (esta noche salvaría a Visconti, Orson
Welles, Buñuel, Berlanga y John Ford) y una japonesa (Kurosawa)"
(p. 286).
Libertad contra viento y marea
El tema central, no obstante, es la exaltación
del individuo (no confundir con individualismo, por favor). El libro es
un canto a la libertad nacido desde lo más profundo del ser humano,
que es su conducta erótica, su relación con el cuerpo en
la intimidad, su actitud hacia la piel propia y ajena.
Vargas Llosa
legitima lo individual por sobre lo colectivo, destaca el valor del hombre
de carne y hueso por sobre la muchedumbre mediatizada. Pocas veces logra
plasmarse una idea con tanta sutileza y contundencia. Mal que le pese al
autor, quien lo hacía últimamente era Milan Kundera, aunque
desde un racionalismo extremo. Vargas Llosa, en cambio, apela a lo empírico,
y allí es donde la novela alcanza con comodidad su objetivo y trasciende.
Refiriéndose
a la presunta "democracia" del sexo, el autor sostiene que es una idea
absurda. "La democracia solo tiene que ver con la dimensión civil
de la persona, en tanto que el amor -el deseo y el placer- pertenece, como
la religión, al ámbito privado, en el que importan sobre
todo las diferencias, no las coincidencias con los demás. El sexo
no puede ser democrático; es elitista y aristocrático y una
cierta dosis de despotismo (recíprocamente pactado) suele serle
indispensable" (p. 290).
La actitud
de Vargas Llosa tiene algo de cruzada. No en vano esta novela se constituye
en "manifiesto", y no en vano el autor proclama "la única forma
de heroísmo que nos está permitida a los enemigos del heroísmo
obligatorio: morir firmando con nombre y apellido propios, tener una muerte
personal" (p. 251). Los cuadernos de don Rigoberto confirman la presencia
del autor como uno de los escritores más importantes de lengua española,
y marcan su regreso a la gran literatura, aquella de aliento totalizante
que ejemplificara con La casa verde , Conversación en La Catedral
o La guerra del fin del mundo .
Carlos O. Antognazzi
Santo Tomé, abril de 1997.
[comentario aparecido en Nuevo
Mundo, © Carlos Antognazzi]
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