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| MARIO VARGAS LLOSA | BIOGRAFÍA | BIBLIOGRAFÍA | MANIFIESTO HEDONISTA |
| FLORES GALINDO | LOS JEFES - I | LOS JEFES - II | ENLACES |
Ramón Oviedo, Lluvia de Formas, 1997 |
| Al lado del camino había una enorme piedra, y, en ella, un sapo;
David le apuntaba cuidadosamente. -No dispares -dijo Juan. David bajó el arma y miró a su hermano, sorprendido. -Puede oír los tiros -dijo Juan. -¿Estás loco? Faltan cincuenta kilómetros para la cascada. -A lo mejor no está en la cascada -insistió Juan-, sino en las grutas. -No -dijo David-. Además, aunque estuviera, no pensará nunca que somos nosotros. El sapo continuaba allí, respirando calmadamente con su inmensa bocaza abierta, y, detrás de sus lagañas, observaba a David con cierto aire malsano. David volvió a levantar el revólver, apuntó con lentitud y disparó. -No le diste -dijo Juan. -Sí le di. Se acercaron a la piedra. Una manchita verde delataba el lugar donde había estado el sapo. -¿No le di? -Sí -dijo Juan-, sí le diste. Caminaron hacia los caballos. Sopplaba el mismo viento frío y punzante que los había escoltado durante el trayecto, pero el paisaje comenzaba a cambiar: el sol se hundía tras los cerros, al pie de una montaña una imprecisa sombra disimulaba los sembríos, las nubes enroscadas en las cumbres más próximas habían adquirido el color gris oscuro de las rocas. David echó sobre sus hombros la manta que había extendido en la tierra para descansar, y luego, maquinalmente, reemplazó en su revólver la bala disparada. A hurtadillas, Juan observó las manos de David cuando cargaban el arma y la arrojaban a su funda: sus dedos no parecían obedecer a una voluntad, sino actuar solos. -¿Seguimos? -dijo David. Juan asintió. El camino era una angosta cuesta, y los animales trepaban con dificultad, resbalando constantemente en las piedras, húmedas aún por las lluvias de los últimos días. Los hermanos iban silenciosos. Una delicada e invisible garúa les salió al encuentro a poco de partir, pero cesó pronto. Oscurecía cuando avistaron las grutas, el cerro chato y estirado como una lombriz que a todos conocen con el nombre de Cerro de los Ojos. -¿Quieres que veamos si está ahí? -preguntó Juan. -No vale la pena. Estoy seguro que no se ha movido de la cascada. Él sabe que por aquí podrían verlo: siempre pasa alguien por el camino. -Como quieras -dijo Juan. Y un momento después preguntó: -¿Y si hubiera mentido el tipo ese? -¿Quién? -El que nos dijo que lo vio. -¿Leandro? No, no se atrevería a mentirme a mí. Dijo que está escondido en la cascada, y es seguro que ahí está. Ya verás. Continuaron avanzando hasta entrada la noche. Una sábana negra los envolvió, y, en la oscuridad, el desamparo de esa solitarioa región sin árboles ni hombres era visible sólo en el silencio, que se fue acentuando hasta convertirse en una presencia semicorpórea. Juan, inclinado sobre el pescuezo de su cabalgadura, procuraba distinguir la incierta huella del sendero. Supo que habían alcanzado la cumbre cuando, inesperadamente, se hallaron en terreno plano. David indicó que debían continuar a pie. Desmontaron, amarraron los animales a unas rocas. El hermano mayor tiró de las crines de su caballo, lo palmeó varias veces en el lomo y murmuró a su oído: -Ojalá no te encuentre helado, mañana. -¿Vamos a bajar ahora? -preguntó Juan. -Sí -repuso David-. ¿No tienes frío? Es preferible esperar el día en el desfiladero. Allá descansaremos. ¿Te da miedo bajar a oscuras? -No, bajemos, si quieres.
Se sentaron uno junto al
otro. La noche estaba fría, el aire húmedo, el cielo cubierto.
juan encendió un cigarrillo. Se hallaba fatigado, pero sin sueño.
Sintió a su hermano estirarse y bostezar; poco después dejaba
de moverse, su respiración era más suave y metódica,
de cuando en cuando emitía una especie de murmullo. A su vez ajuan
trató de dormir. Acomodó su cuerpo lo mejor que pudo sobre
las piedras e intentó despejar su cerebro, sin conseguirlo. Encendió
otro cigarrillo. Cuando había llegado a la hacienda, tres meses
atrás, hacía dos años que no veía a sus hermanos.
David era el mismo hombre que aborrecía y admiraba desde niño;
pero Leonor había cambiado: ya no era aquella criatura que se asomaba
a las ventanas de La Mugre para arrojar piedras a los indios castigados,
sino una mujer alta, de gestos primitivos, y su belleza tenía, como
la naturaleza que la rodeaba, algo de brutal. En sus ojos había
aparecido un intenso fulgor. Juan sentía un mareo que empañaba
sus ojos, un vacío en el estómago, cada vez que asociaba
la imagen de aquel que buscaban al recuerdo de su hermana, y como arcadas
de furor. En la madrugada de ese día, sin embargo, cuando vio aCamilo
cruzar el descampado que separaba la casa-hacienda de las cuadras, para
alistar los caballos, había vacilado.
-Es él -dijo David-.
¿Ves?
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