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Carta abierta al público lector


Con motivo de nuestro artículo "La legitimación del bastardo", aparecido en reciente edición de "La Información" (de Houston, Texas), nos escribió una lectora comunicándonos su opinión en atención a la invitación que hicimos en el propio escrito, que concluimos con las palabras "Qué piensan ustedes?"

Opina nuestra lectora que los académicos nos hemos constituido en "árbitros lingüísticos de los idiomas del mundo", que pensamos que podemos "decidir cuáles idiomas, expresiones..., etc., tienen mérito y cuáles deben ser aniquilados". Añade que ha habido (hago paráfrasis) una masacre de los idiomas indígenas del continente americano, que "estos idiomas han muerto y siguen muriendo" (¿implicará acaso que nosotros somos los causantes o cómplices de ese hecho?), y pregunta que quiénes somos nosotros "para decidir que el castellano vale más que, por ejemplo, el maya o el quechua".

Como es posible que otros lectores compartan semejantes conceptos, vamos a darle contestación para dejar sentados los principios lingüísticos en que se funda nuestro juicio y nuestra postura en pro de un español libre de impurezas.

En primer lugar, cabe aclarar que ni los académicos --ni los profesores de idiomas ni ninguna otra autoridad-- pueden decidir, por mucho que quisieran, cuáles idiomas o dialectos van a prevalecer o desaparecer, pues eso lo determina únicamente el uso. La evolución de los idiomas es el proceso más democrático que ha habido, hay y habrá en la historia universal, puesto que cada cual vota con su propísima lengua y lo que se impone, a la larga, es el uso. Ningún gobernante, rey o dictador puede imponer normas lingüísticas ya que, ¿qué va a hacer la policía, detener a todo el que --como decía un ingenioso amigo nuestro-- hable con faltas de ortografía?

De decenas de millares de idiomas que en el mundo han sido, han desaparecido todos menos un puñado. ¿Quién va a tener la culpa de la desaparición del latín, el griego de Sófocles y Homero, de los idiomas de la antigüedad prerromana y las antiguas lenguas bíblicas como el arameo? ¿No es casi indescifrable el propio español de la época de Colón, por no hablar del que aparece en las Glosas Emilianenses? ¿Acaso serán culpables los intelectuales y poetas que a través de la historia han moldeado y esculpido la fraseología, pulido la expresión y lijado las imágenes verbales para darles mayor luz y esplendor? Si es así, nos declaramos culpables, cada uno de nuestra ínfima cuota de responsabilidad que, acumulada históricamente --por así decirlo--, pone su grano de arena en el gran reloj lingüístico universal.

Pero lo cierto es que ni usted ni yo ni nadie, señora, tenemos la más mínima culpa de lo acontecido a las lenguas desaparecidas ni en vías de desaparición. Aunque, por cierto, aclaramos que en ningún momento hicimos referencia a las lenguas indígenas de América --solo al lunfardo y al caló--, ni tampoco proclamamos la superioridad de ningún idioma por sobre otro. Simplemente hacemos constar hechos. Todos los idiomas son respetables y dignos; de eso que no quepa duda. Pero es un hecho que algunos están más difundidos que otros, tienen mayor número de hablantes o extensión territorial, y mayor influencia cultural, lingüística y aun política. Y la influencia de un idioma no se mide únicamente por el número de hablantes, sino también por factores históricos, sociales y económicos.

Se da por sentado, por ejemplo, que el chino es el idioma presuntamente más hablado del mundo. Pero, ¿qué va usted a hacer, ponerse a aprender chino? Nada más inútil, ¿verdad? Pues, ¿con quién lo va a hablar, a quién le va a escribir y cuántos serán capaz de leerlo en su barrio de Los Angeles? Además, ¿a cuál o a cuáles de los dialectos se circunscribiría usted? Porque lo cierto es que el chino no es un solo idioma, ya que contiene centenares de dialectos, casi incomprensibles entre sí.

De igual manera, ¿con qué objeto vamos nosotros los hispanohablantes a impulsar una variante del español -- el spanglish, digamos--, a expensas del español universal que compartimos con 300 millones de habitantes del mundo? ¿Qué tal si los habitantes del Canadá francófono se volcaran a impulsar el "franglais" (francés contaminado con el inglés), y los hispanos de Quebec, por su parte, se entusiasmaran con el "spanfranglais" (mezcla de español, francés e inglés)? ¿En qué hermosa torre de Babel acabaríamos, eh?

Si únicamente por la lógica y el idealismo nos guiáramos --la magnética atracción de lo ideal no siempre nos lleva por la ruta más práctica-- para adoptar un idioma universal, ya hace rato que el mundo hubiera adoptado el sencillísimo y practicísimo esperanto. Pero, ¿qué grandes novelas o transcedentales documentos humanistas se han escrito en esperanto, o siquiera han sido traducidos a esa lengua? ¿Qué intelectuales, dirigentes o gente común y corriente se comunica en ese racionalísimo idioma?

Creo que usted comprende, señora, a lo que vamos. Imagínese que el spanglish evolucionara en un reducto aislado entre las Montañas Rocosas del Oeste estadounidense, y que de aquí a doscientos años de repente se restablecieran las comunicaciones. Pues resultaría que los hablantes de ese reducto casi no se entenderían, por ejemplo, con los de esa tierra mexicana de donde proceden los antepasados de quienes usted con toda razón se enorgullece, con cuya población hoy todavía nos comunicamos sin mayores problemas.

O sea que el principio que impulsa nuestro empeño es el de la unidad del idioma, el de evitar su fraccionamiento. La misión esencial de la Academia Norteamericana y de las demás academias es procurar la cohesión y uniformidad de la lengua. Y conste que no hablamos solamente de las veintidós academias del idioma español, sino también de las academias e instituciones que rigen otros idiomas de importancia mundial, como el francés y el propio inglés. Porque si nos dejáramos llevar por la ley del menor esfuerzo, hablaríamos no un dialecto sino múltiples, distintas versiones adulteradas de nuestra lengua, que a la larga serían incomprensibles en el resto del mundo hispanohablante. Y los mayores perjudicados seríamos, primero, nosotros mismos, y segundo, el resto del mundo hispánico.

Por eso propugnamos el ideal interhispánico, y también americanista, de la unidad de la lengua española, que es lo que nos une y nos transforma en un importantísimo conglomerado humano dentro de cada país en que se habla y se cultiva, así como colectivamente en el ámbito internacional. Para decirlo en términos de actualidad, ¡Español sí, spanglish no! Y, sin menospreciar a ninguna otra:

¡Que viva nuestra lengua española!




© Emilio Bernal Labrada   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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