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Serie: errores históricos de traducción


La "ciencia ficción", ficción pseudocientífica
por Emilio Bernal Labrada


Vamos a escribir un libro para la educación científica de los jóvenes. ¿Qué les parece si decimos que es una obra de "ciencia-educación"? O un texto de matemáticas para estudiantes universitarios. ¿Cómo les parecería que lo clasificáramos en la categoría de "matemáticas-educación"? Por último, una novela del género romántico, la cual, para seguir la pauta establecida, figuraría en el grupo de "amor-ficción".

¿Verdad que suena un poquito raro? Entonces cabría preguntarnos por qué no suena tan extraño el tan singularmente rarísimo término de "ciencia-ficción". Pues por la sencilla razón de que, de tanto repetirse, el oído ya se nos ha acostumbrado y cuando lo escuchamos automáticamente lo interpretamos en el sentido de "ficción científica" o "fantasía científica", que es precisamente lo que es. O mejor aún, para abreviar el concepto a término univerbal: fantaciencia.

No tenemos que recordarles a nuestros lectores de dónde procede semejante engendro, pues todos sabemos lo consabido --valga la redundancia--: es calco fiel del inglés "science-fiction", frase que un traidor (traemos a colación el clásico refrán italiano de "tradittore, "traduttore") vertió al español hace algunos decenios haciendo gala de un desconocimiento total, no ya de nuestro idioma, sino del idioma originario y del arte y ciencia de la traducción. Lamentablemente, en eso va a parar la lengua de Cervantes si dejamos que nos siga llevando de la mano un idioma que ya va siendo muy influyente en el mundo. No, no es el que piensan ustedes: se llama espanglés.

Otro concepto que parece surgido de la fantaciencia es el de "transbordador espacial", engendro que no puede ser más disparatado, puesto que no es ni transbordador ni espacial. Alguien se ha limitado, sin el menor esfuerzo propio de imaginación, a calcarlo del inglés "space shuttle". Los transbordadores son vehículos, por lo general acuáticos, que hacen un recorrido fijo entre dos extremos a lados opuestos de ríos, bahías y estrechos marítimos, y que sirven mayormente para el transbordo de pasajeros, vehículos y carga de una orilla a otra. O sea que son una especie de puente móvil para el cruce entre puntos entre sí no muy distantes, digamos cuestión de horas.

Pero esa no es la misión primordial de esas naves, que se dedican más bien a hacer estudios científicos, ensayos y trabajos astronómicos, y a colocar y recuperar satélites, etc. El concepto de estos vehículos es que, a diferencia de los primitivos artefactos en que salieron disparados los primeros astronautas como el hoy septuagenario (y otra vez astronauta) John Glenn, su diseño les permite volver a tierra para ser reutilizados. Ello dio lugar al término "shuttle", que en inglés da la idea de algo que va y vuelve, pero que en español es innecesario, puesto que todos, absolutamente todos los vehículos van y vuelven. Los que no, son proyectiles, como por ejemplo una bala, un obús, un misil intercontinental.

Y por último, digamos que estas naves que van y vuelven no son "espaciales", puesto que no atraviesan propiamente el espacio sideral, sino que apenas se limitan a llegar al borde el mismo, entrando en órbita terrestre hiperestratosférica.

Que cómo se llamaría entonces ese vehículo, preguntan con toda razón ustedes. Respuesta: ¿por qué no le damos una designación más descriptiva de su función, como "nave orbital" o, univerbalmente, "orbinave"? ¿No sería más lógico y natural que una falacia copiada del inglés?


© Emilio Bernal Labrada   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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