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La tierra santa, atestada de infieles
por Emilio Bernal Labrada, (La Revista, columna: Nuestro idioma de cada día)

Sí, amigos, así como lo oyen: ¡atestada de infieles! No hacen sino meterse en todas partes, tratando de apoderarse de los lugares más sagrados, aglomerando por doquier las callejuelas de Jerusalén, sacándonos de los sitios que nos pertenecen, ¡por no decir de nuestras casillas! En fin, cubriendo todos los recovecos por donde han pasado durante "sécula seculórum" los peregrinos que van a los sitios más venerados de nuestra fe.

Pero hay más: son varias las razas y sectas de intrusos que niegan nuestros sagrados postulados y que también se han afincado en la Tierra Santa. Por ejemplo, los judíos, que se han instalado oficialmente en la última mitad del siglo XX --Israel acabó de cumplir su primer cincuentenario en 1998--, en estas tierras que hace mil años nos quisieron arrebatar los cruzados y los turcos, pero que gracias a nuestra persistencia y espíritu guerrero volvimos a liberar y a recuperar una y otra vez de manos del enemigo hereje. No cabe duda: ¡estos cristianos son algo serio! Ya ni está a salvo la Mezquita de la Roca con su fabuloso Domo Dorado, de donde ascendió al cielo Mahoma.

Hablo, claro, desde el punto de vista del islam, que es la fe predominante en el Oriente Medio en general y numerosamente presente en el mismo Israel.

Pero bueno, hablemos un poco más en serio, pues a nadie le es dable tomar a la ligera un asunto humano tan severo y delicado como es la religión. De regreso de un viaje relámpago a esas regiones (15 días no son nada para conocerlas), hemos palpado muy de cerca la diaria realidad que allí viven las más disímiles agrupaciones humanas. Ahí están, entremezclados y pugnaces, amenazándose con fuerzas muy listas y bien armadas --que constan tanto de ejércitos como de unidades terroristas y agrupaciones irregulares-- los judíos, los árabes que los rodean y que cohabitan en su medio --entre ellos los palestinos,que ya poseen zonas autónomas dentro de Israel-- y los propios cristianos, que numéricamente son muy inferiores y por hallarse en esa desventajosa posición prácticamente no son belicosos --lo cual nos parece muy juicioso--. De los cristianos en Tierra Santa puede decirse que están divididos en múltiples facciones: los católicos, los protestantes, los coptos, los pertenecientes a la Iglesia Ortodoxa Griega, los armenios y quién sabe qué otro grupo. Hay en Jerusalén, precisamente, cuatro barrios principales: el judío, el cristiano, el musulmán y el armenio. En un par de días tomamos allí cuatro taxis con choferes así de disímiles: judío el primero, palestino el segundo, y cristiano y armenio, respectivamente, los últimos dos.

Pero si bien hay hostilidad --milenaria, por cierto-- entre los grupos, por el momento y por fortuna, hay paz en la Tierra Santa. Pero una paz un tanto tensa, temporal. Nadie sabe cuánto durará, pues aparte de estas tradicionales rivalidades, ya se habla de sectas extremistas que se proponen demostrar que está a punto de llegar el acabóse, el fin del mundo. ¿Por qué? Pues porque viene el año 2000 y consideran que, como es una cifra bien redonda y manejable en la aritmética elemental, pues es lógico que el mundo se acabe en un año de número tan fácil para los cálculos.

Lo que olvidan estos fanáticos --aquí sí cabe más lógicamente el vocablo que para calificar a los amantes del deporte-- es que Jesús no nació en el año cero de nuestra era, como pudiera pensarse. Debido a la falta de datos precisos, cambios de calendario, alteración de fechas, etc., se estima que su nacimiento ocurrió dos o tres años después.

Por otra parte, según el almanaque mahometano --muy difundido pues el islam es la fe con más adeptos en el planeta-- estamos en el año número 1420. China, con millardos de habitantes, está en un milenio --y un plano religioso-- totalmente distinto al de Occidente, el Oriente Medio y el resto del mundo. Nepal, pequeño reino que visitamos en febrero y cuyo ambiente nos hizo retroceder instantáneamente al siglo 19, está paradójicamente más "adelantado" que el mundo occidental, ya que según su cuenta --basada en un hecho histórico propio-- anda por el año 2056. Y por último, Egipto --teniendo en cuenta su fabulosa civilización de la época faraónica-- proclama que se aproxima ya el quinto milenio. Ramsés II el Grande, paradigmático ególatra del apogeo egipcio que convertiría a Stalin y Mao en insignificantes microorganismos, reinó hace más de 3,000 años.

Nada, que nuestra "cuenta" del año 2000 es solo un guarismo, y un tanto caprichoso, por cierto. Si no fuera porque Occidente, con su omnipresente pujanza planetaria lo ha impuesto por razones prácticas y de mutua conveniencia, cada grupo seguiría rígidamente su almanaque propio y las fechas en el ámbito internacional serían un caos imposible de descifrar. Será por eso que, precisamente en esas tierras bíblicas, no se remiten a efemérides religiosas al tratarse de fechas: a nuestra época la denominan "era común", o E.C. Y la de la gloria egipcia, cuando surgieron del desierto las colosales pirámides faraónicas --o sea, antes de Cristo-- se designa A.E.C., "Antes de la Era Común". ¡Menuda ironía para tan descomunal figura!

He ahí, a grandes trazos, un cuadro ecuménico de esa preciada y disputada región. Así que, al hablar de "infieles" en Jerusalén, tened cuidado, amigos, pues todo depende de la perspectiva del hablante.



© Emilio Bernal Labrada   Columna: Nuestro idioma de cada día
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