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"Olor a rata" en la blanca jefatura

Un conocido periodista televisivo de la cadena de Poca Visión, nos habla del último escándalo de la Casa Blanca clintoniana y, muy amablemente, nos traduce las palabras de uno de los ayudantes del presidente, que acaba de manifestar, en un derroche de la más pura jerga callejera: "I smell a rat". Traduciendo la frase palabra por palabra, nos ha indicado el susodicho que el señor "huele una rata". Tiene razón; hace tiempo que esa residencia tiene un olorcito un poco raro, por decir lo menos.

Aunque indudablemente no ha sido esa su intención. Pudiéramos señalar, sin temor a exagerar, que parece que ese hedor lo ha soltado bastante intensamente --aunque desde luego de modo involuntario-- el propio periodista, cuya pestífera selección de vocabulario seguramente ha dejado totalmente patitiesos a sus televidentes. En primer lugar, los ha sumido en el más medieval oscurantismo, puesto que en nuestra lengua no queda claro el sentido figurado de la frase, con lo cual nos deja únicamente el no muy agradable sentido recto.

A no ser que, digamos, la rata en cuestión sea residente de la casa presidencial y esté perfumando los alrededores con su presencia y con los ingeniosos ardides con que se burla de la gatuna vigilancia de todos --o casi todos-- los demás, por no hablar de la Gata número uno (¿que acaso sea cómplice y encubridora?).

Pero bueno, vamos a la buhardilla (eso que los anglófilos llaman "ático") donde se esconde ese roedor, que no es otra cosa que el "slang" o argot vernáculo norteamericano, en el cual el significado de la curiosa expresión nada tiene que ver con ratas ni ratones. "I smell a rat" significa, muy sencillamente, que hay algo muy sospechoso en la noticia, en su fuente o en la interpretación que se le pretende dar.

Lo cual, pensándolo bien, no resulta tan sorprendente. Porque últimamente en esa residencia están pasando cosas ligeramente sospechosas. Es más, dicen que entre la cortina de humo que surge de su chimenea está empezando a regarse un leve aroma a descomposición. ¿Será eso, tal vez, lo que ha querido indicar, sin quererlo, el portavoz de esa residencia (ya no tan) blanca?

Por mi parte --ya hablando más en serio, me niego a dar por supuesta, y menos aún por cierta, la culpabilidad de nadie en este engorroso asunto. Salvo, claro está, la de los periodistas, cuyo uso y abuso del idioma español es tan claro y patente que, por abundancia de pruebas, no precisa mayor demostración.



© Emilio Bernal Labrada   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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