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El tranvía erótico


Errores históricos de traducción

El dramaturgo norteamericano Thomas Lanier Williams (1911-83, más conocido por "Tennessee" Williams), escribió muchas obras que reflejaban su preocupación por lo sexual, el erotismo supuestamente exacerbado por el calor y la humedad de la región sureña estadounidense. Nada más falso, claro, porque el calor y la humedad son muy poco conducentes al acercamiento corpóreo, cosa más bien lucubrada por ilusiones vanas de su mente acalorada.

Para más pruebas de esa obsesión le puso a uno de sus dramas "El gato sobre el tejado de zinc caliente" (Cat on a Hot Tin Roof, titulito que se las trae en cualquier idioma), y a otro el mote aun mas extraño de "Un tranvía llamado deseo" (A Streetcar Named Desire).

Clásico caso del error de traducción tan literal que viene a ser una transliteración --de un original muy deficiente, para colmo de males--. El pobre Williams, pese a ser buen dramaturgo, no tenía gran acierto al bautizar sus obras, poniéndoles títulos que si bien evocan cierto simbolismo, son ingratos, rebuscados y un tanto alambicados.

Pero vamos por partes. Lo del tranvía proviene de que había una vez en Nueva Orleans, donde se desarrolla el drama, uno que iba a un lugar llamado Desire (Deseo). Con lo cual destacaba no muy sutilmente a dónde iba encaminada la mentalidad suya y la de los protagonistas de su obra. O sea que el tranvía, símbolo de la humanidad, se dirige continuamente hacia el deseo.

Hasta aquí, perfecto. Si no, no estaríamos aquí. Pero es que ese dichoso tranvía no se llama "deseo" ni en inglés, ni en español, ni en malayo. Los tranvías, en general, no son como los buques y los edificios, que tienen nombre propio. Lo que tienen los tranvías y demás vehículos de transporte público es un letrero que dice a dónde van. Eso es todo.

Conclusión: el título estaba errado (¿herrado?) desde que lo concibió el señor Williams. Y un pobre traductor (tal vez el mismo que tradujo lo del "Gato...") lo vertió a la letra al castellano. Y no vamos a hablar de que en español no se estila ese "un", equívoco artículo indefinido, ambiguo, insignificante, cualquiera, del montón y otros adjetivos que nos reservamos. Ahí lo que corresponde, si se quiere destacar la singularidad, es el artículo definido, "el": "El tranvía ...".

Imagínense si Lope de Vega le hubiera puesto a su obra "Una dama boba", o si Jacinto Benavente hubiera nombrado a la suya "Una malquerida". Qué diferencia, ¿verdad?

Pero bueno, se preguntarán ustedes, ¿y cómo se debió haber llamado la obra? Pues está claro: a falta de una versión mejor, para lo cual ya es tarde, no vamos a apearnos de ese curioso vehículo. Pero eso sí, el tranvía no se llama, ni se nombra ni nada por el estilo.

Es, sencillamente: "El tranvía rumbo a Deseo". Aunque mejor hubiera sido un título más libre, como "Destino: Deseo".




© Emilio Bernal Labrada   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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