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SERIE DE ERRORES HISTÓRICOS DE TRADUCCIÓN Whitman: ¿Lo han tildado de ególatra sus colegas hispanohablantes? ¡Pobre Walt Whitman! El poeta de la democracia, admirado de Emerson, cantor de Abrahán Lincoln y vanguardista del modernismo poético en lengua inglesa, debe estar dando vuelcos en su humilde tumba. Nunca vino más al caso la frase lapidaria con que resumen los italianos el eterno problema de una mala traducción: tradutore, tradittore. A la hora de verter sus hermosas poesías al castellano le fallaron sus propios admiradores y colegas, los poetas. Preguntarán ustedes con toda razón: ¿cómo y por qué? Aunque a estas alturas parezca mentira, vamos a esclarecer este misterio, cuya antigüedad se remonta prácticamente al siglo xix. Los señores, y la señora, que en diversa medida acometieron la delicada tarea --desde un manojo de versos a su monumental obra completa-- eran poetas, sí, pero traductores... ¡no tanto! Pequeño detalle, que seguramente pasó inadvertido ante el ansia un tanto romántica de plasmar la gallardía de su lira, para futuras generaciones, en la lengua de Cervantes. Hiciéronlo con la mejor de las intenciones, desde luego, percatándose de la falta que hacía una versión española de las sencillas pero inspiradas palabras de esa extraordinaria figura de la literatura norteamericana. Pero con esa curiosa subestimación del reto de que adolece el aspirante a alpinista antes de comenzar el duro ascenso, cuando la montaña es apenas un accidente geográfico en el mapa, cuya imponente mole no ha podido apreciar en el pasmoso careo de la realidad. |
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Claro que desde la perspectiva un tanto candorosa del traductor neófito o aficionado, una obra como la de Whitman no plantea la falta de oxígeno del escalador. Digamos que sólo insinúa una escasez de aire de bilingüe intelecto que es difícil, pero muy difícil de calibrar. Conste que no lo decimos por menospreciar a los poetas que lo intentaron, sino por tratarse de un escollo contundente e irrefutable en el arte y oficio de la traducción. Que el lenguaje de Whitman era peculiar, muy vernáculo y por consiguiente difícil de interpretar y transvasar a idioma ajeno no hizo sino agigantar esa falta de "aire" que aparentemente afectó a sus traductores. Inconscientemente, sin duda, cayeron en esa trampa personalidades que, en su mayoría, eran poetas y escritores de mérito reconocido. Entre ellos figuran nada menos que la insigne persona de aquel argentino universal, Jorge Luis Borges, con quien tuve el agrado de charlar al respecto cuando me tocó en suerte visitarlo en su residencia de Buenos Aires, allá por el decenio de los setenta. También lo intentaron los españoles León Felipe y Concha Zardoya, el uruguayo Armando Vasseur y el ecuatoriano Francisco Alexander, poeta este que hizo el monumental traslado de la obra poética completa de Walt. Lo que, naturalmente, le multiplicó considerablemente los inevitables gazapos. Pero bueno, al grano. No sospechan ustedes cuál ha sido el fallo que en común han tenido, pese al mérito a que indudablemente son acreedores todos y cada uno de ellos. Pues nada, algo tan fundamental como los títulos: primero, el de la obra maestra del poeta norteamericano y, luego, el de ciertas poesías. Pónganse a pensar: ¿qué es eso de "Hojas de hierba"?, si propiamente, en puridad de verdad, la hierba no consta de hojas, sino de briznas. Lo de "Leaves of Grass" no se puede ni se debe tomar al pie de la letra. Es, más bien, una metáfora, una alusión a la naturaleza, a la pureza del campo prístino e intacto donde crecen a su albedrío las plantas, seres del mundo vegetal con que el hombre puede hacer contacto y comunión en simbiótica relación de amoroso respeto y admiración. |
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Aunque a estas alturas ya es tarde para pretender la aceptación de una nueva versión, acaso hubiera sido mucho más fiel al espíritu whitmaniano, por no decir más poético, nombrarlo de forma más acorde con el sentido figurado del original: digamos, "Hierba silvestre". Por otra parte está la traducción del título, precisamente, de una de las poesías más conocidas de Whitman, "Song of Myself". Todos los poetas-traductores lo vertieron del mismo modo, con una leve variante prepositiva: "Canto a mí mismo" y "Canto de mí mismo". Caramba, y de cuando acá --como dicen en el habla vernácula de nuestros países-- tiene sabor poético, y menos aún lírico, semejante frase con su cacofónica repetición de la letra eme en tres sílabas consecutivas, cuyo eco en español resulta inequívocamente egoísta, nada coherente con el sentido que le quiso dar su autor al original. Unos momentos de reflexión, de ahondar en la raíz de su auténtico significado, bastan para concluir que el gran poeta de la democracia no se desembarazaba de un canto de autoelogio, de alabanza dirigida a su propia personalidad. Se trata, más bien, de un ditirambo al ser humano, a la humanidad, de la cual él, como es natural, formaba parte integrante y se consideraba como una unidad más. Por otra parte, en lenguaje poético myself no tiene por qué conllevar la connotación del ego, que es otra cosa. No cabe, pues, poner "mí" --ni mucho menos "mí mismo", desentonada reiteración-- como equivalente de myself, puesto que tales versiones equivaldrían más bien al ingrato sentido ególatra que no se compadece con la intención de Whitman. Entonces, ¿cómo se debió llamar el "Song of Myself"? Creo que lo que Whitman tenía en mente quedaría mucho mejor en nuestra lengua empleando la voz "ser", cuyo contenido semántico abarca la noción humana en su más amplio sentido. De tal modo, llegamos a una solución más acorde, rítmica y eufónicamente, con el concepto poético del original: "Canto a mi ser". Así, comulgaríamos mejor con esas ideas democráticas e igualitarias con que rubricó Walt Whitman la espontaneidad simbolizada en la hierba silvestre de su poesía. ¿Qué piensan ustedes? © Emilio Bernal Labrada ( Todos los derechos reservados por el autor ) Preguntas, comentarios o referencias: elabrada@dgs.dgsys.com
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