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Viviendo... con la enemiga La columna de hoy de ninguna manera hace referencia a hombres que tienen dificultades serias en su relación conyugal. Tampoco alude a amas de casa que libran sus batallas cotidianas con las fámulas del servicio doméstico. Se relaciona sí, con ésa enemiga de la cultura que habita en cada uno de nuestros hogares, inmovilizándonos y anestesiándonos durante largos períodos, generando así una dependencia tan nociva como la de las drogas : nuestra televisión. Casi todas las personas se adormecen en una especie de narcosis televisiva, tanto más fácilmente cuanto más alto es el consumo de Tv. no cultural ( telenovelas, enlatados, cine de tercera categoría ) y en cuanto las propagandas diseñadas estratégicamemente para atrapar adultos y niños, cumplen su cometido. La teledependencia es por lo general la consecuencia de un consumo excesivo de televisión durante el período escolar . El tránsito del abuso a la dependencia es análogo al que ocurre con las drogas químicas. Las personas pasivas, inestables, carentes de proyectos y de metas y con escasas exigencias culturales, son las más propensas a la teledependencia. Las personalidades inmaduras, frente al televisor, se van sumiendo en una inercia y en un verdadero sindrome amotivacional, similar al de los consumidores crónicos de cannabis; síntomas que se acentúan con la intoxicación televisiva crónica. |
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La identificación de algunos espectadores con los protagonistas de las telenovelas, les permite mitigar en la fantasía sus insatisfacciones, pero van adquiriendo como los drogadictos, una tolerancia que exige cada vez más dosis, hasta generar una necesidad permanente de teledramas y otras tonterías similares. Aunque resulte paradójico, las escenas de violencia real (la de los noticieros) y de violencia estilizada (la de las películas de capa y espada), producen también hábito, quizás porque permiten al televidente la descarga de sus propios impulsos agresivos, o porque le hacen sentir a salvo -al menos transitoriamente- de la destructividad que impera en el escenario que tiene al frente o en el ambiente que le rodea. Una televisión que comprometa al teleespectador en una reflexión crítica, dentro de un buen modelo de programación cultural, sería el mejor antídoto contra ésta nueva adicción. La Tv. sin renunciar a sus otras dos tareas básicas: de informar y divertir, debe asumir un papel estimulante muy decisivo en la educación permanente de la comunidad, apoyando así el progreso de la sociedad y abandonando de una vez ése rol de sicario anónimo, infiltrado en nuestros hogares y contratado por nosotros mismos para matar el tiempo... y la cultura. © Gustavo Román Rodríguez ( Todos los derechos reservados por el autor ) Preguntas, comentarios o referencias: roman@avan.net
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