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Música y medicina
por Gustavo Román Rodríguez


A través de los siglos, la música se ha empleado para calmar angustias, mitigar dolores o devolver la razón a mentes desquiciadas.

Para el hombre primitivo, igual que para los griegos y otras culturas antiguas, la música era la expresión de la armonía universal. El enfermo confiaba en las virtudes curativas de los cánticos que entonaban los brujos al compás de rústicos sonajeros cuyo propósito era devolverle su relación armónica con la naturaleza, al exorcizar una fuerza maléfica y suplantarla con una benéfica. Las heridas, los estados febriles e infecciosos, los ataques convulsivos, todos los acontecimientos importantes de la vida humana -desde el nacimiento a la muerte- se celebraban ritualmente con cantos, danzas y acompañamiento instrumental.

En Grecia, la música era parte esencial de la educación para que el niño desarrollara un temperamento armonioso. El Antiguo Testamento cita el uso terapéutico de la música en la historia de David, que fue llamado a la corte para curar con la música de su arpa al rey Saúl quien padecía un severo estado depresivo.

En la edad Media la música era un arte anónimo y colectivo, como lo era también la enfermedad: la gente sufría en común el terror, el dolor y la muerte por epidemias sucesivas. Al hacer su aparición la Peste Negra, música y medicina se asociaron de una manera extraña: hordas de hombres, mujeres y niños recorrían ciudades y campos bailando frenéticamente. Cuando en una ciudad aparecía la enfermedad, no era al médico sino al músico a quien se acudía, en la creencia de que sólo el baile la haría desaparecer.

Durante el Renacimiento, se asociaron la teoría médica y musical a los cuatro humores hipocráticos -sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra- y a los cuatro elementos del cosmos -aire, agua, tierra y fuego-, admitiendo que tanto la buena salud como la buena música dependían del perfecto equilibrio entre estos elementos.

Así mismo, resucitaron las teorías sobre el poder de la música que sostuvieron los griegos: hasta un hombre tan práctico como el famoso cirujano Paré, recomendaba la música para tratar picaduras de araña, la ciática y la gota. El placer de la música se recetaba clínicamente como remedio para la ira, la pena y la preocupación , que abrían la puertas a la peste de la época. Estudios experimentales realizados en el siglo actual, indican que el tono y la intensidad tienen significados emocionales: una música en tono menor, tocada con volumen alto y en registro agudo, puede producir alegría. Los acordes en tono mayor , tocados en registro grave, sugieren melancolía. La música de compás rápido causa un efecto estimulante. La música de compás lento apacigua el espíritu. Algunas sinfonías reducen la presión sanguínea. Hasta los más relajados melómanos experimentan respuestas musculares a los ritmos musicales.

Todas estas experiencias han hecho que la música se utilice en múltiples formas como auxiliar médico en psiquiatría, rehabilitación física, terapia ocupacional, terapia laboral y anestesiología. Su poder calmante ha extendido su uso a consultorios médicos, odontológicos, hospitales y salas de espera.

En mis lecturas acerca del tema, no hallé una probable utilización médica del rock pesado y el heavy metal, que al parecer sólo estimulan los impulsos de agresividad.



© Gustavo Román Rodríguez   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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