<<<  Por la salud mental


Virginidad, promiscuidad y ... sida
por Gustavo Román Rodríguez


Las estadísticas publicadas por el Instituto Seccional de Salud en su informe sobre la situación actual del Quindío frente al VIH-SIDA, muestran un franco avance de la infección con respecto a las del año anterior. Esto es realmente preocupante: 85 nuevos casos de hombres y 18 de mujeres reportados hasta el 30 de Octubre, son cifras suficientes para quitar el sueño a epidemiólogos e infectólogos, sobre todo si se tiene en cuenta el mayor contagio en hombres, promiscuos por excelencia en nuestra cultura. Pero... ¿existe igual alarma o preocupación en la población general? Obviamente no. Seguimos utilizando la negación como mecanismo de defensa psicológico ante un problema de gravedad inusitada, quizás el más serio en la salud pública contemporánea.

La multiplicación en progresión geométrica del Sida y la aparición casi siempre tardía de las manifestaciones clínicas, que permiten un período de latencia y de contagio a veces de años, tienen acorralada y bajo amenaza grave a la población joven.

La paradoja que se aprecia entre el riesgo de contagio y el peligro para la vida, por un lado, y por otro, las exiguas medidas de prevención contra el mal por parte de la comunidad, tienen su explicación en que se trata de una patología ligada íntimamente al sexo y por lo tanto su control exige prácticas sexuales monogámicas o contactos con una sola pareja. La mayor parte del problema radica entonces en el manejo del impulso sexual.

Los animales primarios como las amibas no sienten ningún deseo sexual. No lo necesitan puesto que estos seres se reproducen dividiéndose por el centro. Los animales superiores -con excepción del hombre- no hacen ningún esfuerzo por controlar los impulsos sexuales que los dominan. Es la naturaleza la que actúa como control para ellos, estimulando sus deseos sexuales sólo en determinadas épocas del año. Los seres humanos por el contrario, sienten deseos sexuales durante todo el año y, por lo menos la sociedad occidental, espera que ellos los controlen durante toda la vida.

El enorme poder del impulso sexual en el hombre ha causado conmociones mucho antes que el joven París hubiese enceguecido pasionalmente por Elena de Troya, y muy probablemente seguirá causándolas. Por eso todos los códigos religiosos y civiles de Occidente -y muchos de Oriente- reconocen en la monogamia una solución adecuada a muchos males, entre ellos a las enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo cuando Moisés recibió el mandamiento de que el hombre debía adorar a un solo Dios, no se le puso ningún límite en cuanto al número de esposas que podía tener. Salomón, quien construyó el gran templo consagrado al Dios único, tuvo según la Biblia, setecientas mujeres y trescientas concubinas. Todavía hay millones de personas que creen que el hombre puede tener al mismo tiempo todas las mujeres que quiera -mientras pueda mantenerlas-. Esta creencia ha propiciado la justificación masculina a la promiscuidad.

En todo caso parece ser que la monogamia occidental se irá recuperando en la práctica, con base en el temor al Sida. También es probable dentro de este contexto, que empiece a resucitar el mito a la virginidad. Muchas personas y muchos padres que creen en la virginidad y la practicaron en su tiempo, ven ahora las posibilidades de supervivencia de sus hijos, en la transmisión de normas de seguridad contra las enfermedades de transmisión sexual.

Ciertamente la llegada de la píldora anticonceptiva que redujo los riesgos de embarazo, el movimiento de liberación femenina, la popularización del automóvil que permitió a los jóvenes cierto aislamiento y privacidad, la proliferación de moteles y la influencia de películas, videos y revistas como incentivos sexuales tempranos, han permitido la práctica sexual con mayor facilidad y a edades cada vez más tempranas, pero también han allanado el camino a la promiscuidad, causa primera del contagio del Sida.

Parece que ahora debemos empezar a buscar un camino entre los extremos -virginidad y promiscuidad- en el que se combine de algún modo una apreciación realista del impulso sexual en la gente joven, con una indulgencia plena para su vulnerabilidad. De alguna manera el ser humano, a diferencia de los otros animales, ha evolucionado al punto en que lo que realmente importa en el sexo no es dejarlo actuar ciegamente, sino controlarlo primero y luego mezclarlo con amor y ternura para compartirlo a plenitud.



© Gustavo Román Rodríguez   ( Todos los derechos reservados por el autor )
  Preguntas, comentarios o referencias: roman@telesat.com.co


<<<  Por la salud mental