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Duele en el alma ser desterrado de su pueblo
por Jorge Echeverri González


La escena es sagrada y solemne: arriba la noche tachonada de estrellas. El tibio húmedo de la tierra huele a azahares y jazmines. Más abajo la laguna de Juan Tama. Juan Enrique Piñacué se ha quedado solo con las estrellas, el aroma a tierra y fragacias naturales y la quietud del agua. Es la noche de su castigo por haber traicionado a su pueblo.

¿Qué tiene de especial este espectáculo de un hombre joven, recibiendo un castigo en la soledad de una laguna? Que Jesús Enrique Pinacué es Senador electo de la República de Colombia. Estamos en vísperas de su posesión como Senador el 20 de julio de 1998, en Colombia. Fue elegido el 8 de marzo, y en Colombia los senadores gozan de inmunidad y sólo pueden ser juzgados por la Corte Suprema de Justicia. Pero Piñacué no es un senador típico: es un indígena páez y en Colombia las leyes indígenas se aplican primero que las leyes nacionales.

Piñacué se queda solo. Debe pasar una noche de meditación y purificación en la laguna sagrada. Su joven figura trigueña, macizo de cuerpo, trigueño de piel, pelo largo lacio, cara ovalada y lampiña, mira la laguna y frunce el ceño mientras aprieta su grueso labio superior entre los dientes. Se imagina en las otras posibilidades de castigo: latigazos ("fuete" es su nombre popular), ser aislado de las decisiones y someterse a la indiferencia de su pueblo, o el castigo mayor: ser expulsado de la comunidad. Hubiera preferido los latigazos a la expulsión. Para un indígena no hay peor castigo que perder su patria y ser desterrado: "duele en el alma" dice Manuel Santos Poto, uno de los gobernadores de su pueblo. Por eso se acepta mejor el "fuete", así no lo entienda la cultura occidental.

¿Qué ha pasado con este senador atípico? Necesitamos conocer dos escenarios y una situación.

Primer escenario: Colombia después de la constitución de 1991. País pluralista y multiétnico, dice su texto. Se reconocen las minorías y entre ellas las comunidades indígenas. Para garantizarles sus derechos, se les respetan sus legislaciones propias, ejercidas por gobernadores locales elegidos por la misma comunidad indígena. Y se les permite elegir dos senadores por voto nacional. Jesús Enrique Pinacué fue elegido por 70.000 votos, 17.000 de ellos de su comunidad indígena: los paeces u guambianos asentados en las montañas del departamento del Cauca, al sur del país y organizados en la Alianza Social Indígena. Los otros provenientes de un grupo político que aspira a cambiar las costumbres locales y nacionales, orientado por el gobernador del vecino departamento de Valle del Cauca, el escritor Gustavo Alvarez Gardeazábal.

Segundo escenario: la comunidad indígena. Gobernadores propios, con leyes propias no escritas que se conservan por tradición oral. Minorías que están dispuestas a ejercer su participación y conservar su autonomía en medio del caos político y social de un país desvertebrado por la violencia. A su comunidad no le importa que sea Senador electo, y están dispuestos a juzgarlo porque se consideran traicionados. Y el senador Piñacué, que primero que senador es indígena, está dispuesto a aceptar las leyes de su pueblo y el juicio. Prefiere perder el puesto en el senado que a su pueblo y su patria. No elude el juicio.

La situación: los senadores de Colombia han sido elegidos. Se posesionan el 20 de julio. Mientras tanto el país se enfrenta a la elección presidencial, la cual ha polarizado entre el liberal Horacio Serpa y el Conservador Andrés Pastrana, los dos candidatos que quedan después de la primera vuelta electoral. En esta situación todos los votos y los apoyos políticos son importantes. El senador Pinacué anuncia en público su voto por Serpa. La Alianza Social Indígena considera que Piñacué traicionó a su pueblo pues habían decidido votar en blanco en esta segunda vuelta. Por eso lo llaman a juicio, pues no ha respetado las decisiones de la comunidad. Piñacué se considera inocente y alega actuar con transparencia, con la misma transparencia simbolizada en las aguas y el cielo de la laguna de Juan Tama, donde ahora está meditando. Pero acepta el juicio de su comunidad y la decisiones que tomen los gobernadores indígenas. "Soy líder de los paeces y me someto al castigo si lo consideran necesario" dice en declaraciones al principal diario del país. Cualquier castigo que " se efectúe en la laguna sagrada de los paeces, en la laguna de Juan Tama" que es el símbolo de la transparencia y la pureza" agregó.

En la semana anterior a este castigo, se ha realizado el juicio. Un grupo de gobernadores actúa de fiscal. Otro oficia como defensor. Los testigos: las montañas, el cielo y los habitantes de la zona. La ley indígena prevé el castigo al infractor, como medio de rehabilitación. Es su tradición. Y a ella se somete Jesús Enrique Pinacué así sea Senador y este cubierto por la inmunidad que le confiere su elección. Se debe primero a su pueblo. Incluso ha renunciado a posesionarse mientras se define el juicio. Los gobernadores optan porque Piñacué debe ir a la laguna sagrada de Juan Tama, significativa para sus costumbres y allí purificarse en sus aguas en una noche de soledad, meditación y silencio. La noche transcurre tranquila, sólo se oyen las chicharras y los grillos. El senador indígena medita en su vida y en las contradicciones de su patria.

¿Qué significado tiene este hecho? Por qué un senador renuncia a su inmunidad y se somete a las leyes de su pueblo, incluso si ello implica recibir latigazos? No quiere el destierro, no quiere el poder político por fuera de su pueblo. La cultura de la pertenencia se impone a las leyes. Pero también significa que se está intentando inventar una nueva democracia. La democracia ha sido en los últimos siglos y en el esquema clásico de las democracias occidentales, poder de las mayorías. Las minorías deben someterse y son sometidas. Ahora se intenta que las minorías tengan voz y participación. Que se reconozca la diferencia frente a la homogeneización del esquema anterior. Y que las culturas diferentes a la occidental, tengan su puesto y se respete.

La noche está por terminar. Ahora Jesús Enrique Piñacué bajará purificado y podrá caminar con la frente en alto por entre su pueblo. Y con la frente en alto lo hemos visto, alisando su lacio pelo, entre los senadores de la República que dan posesión al nuevo presidente: aquel que no era de sus afectos. Su integridad ha salido fortalecida y seguirá luchando por conquistar nuevos espacios en el escenario político de este extraño país del norte de suramérica.

Notas:



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