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La escuela ha muerto


Si este titular apareciera de pronto en la prensa o se transmitiera por la radio y televisión, generaría una inmensa alegría en la enorme masa de escolares entre los cuales es característica común la apatía y hasta el terror que les produce ir a la escuela, situación que evitarían si estuviera en sus manos. Por eso los adultos fungimos de sádicos irredentos cuando insistimos en el sagrado deber que tiene todo escolar de cumplir el rito diario de encerrarse en cuatro paredes para recibir el legado tradicional de su grupo social.

"Mi abuela quiso que yo tuviera una educación, por eso no me mandó a la escuela". Con este epígrafe de Margaret Mead se inicia el libro de Everett Reimer : La Escuela ha muerto. Alternativas en materia de Educación (Barral, Barcelona, 1973), resultado de conversaciones del autor con Iván Illich. 25 años después, la premonición no se ha cumplido y la escuela sigue tan campante, pero la sociedad actual arrastra con ese institucional fósil esclerotizado como lo conoce la sociedad de occidente.

Las sociedades asignaron a ciertas instituciones la función de educar. En las sociedades primitivas, la educación se producía tanto de manera espontánea como por medio de ciertos ritos en la relación permanente del grupo de adultos con los niños y jóvenes. A medida que las sociedades se vuelven complejas, aparecen las diversas formas de familia y las figuras sacerdotales que luego se transforman en iglesias y religiones. Junto a ellas, los poderes políticos, guerreros y estatales son la trilogía encargada de la transmisión de valores vinculantes a las nuevas generaciones. La modernidad y su modelo fabril le agregan la escuela como la conocemos hoy y burocratizan la función educativa, momento en que aparecen las "fábricas" para producir alumnos y los funcionarios llamados maestros. Pero los fenómenos sociales del siglo XX le han restado poder a estas instituciones, trasladándoselo a los medios de comunicación y a los grupos de pares. El niño de este fin de siglo es educado por la televisión, la radio, la música, la comunicación informática, los juegos electrónicos y sus grupos de amigos en la barra, la discoteca o la calle. Cuando se queda en casa el teléfono y más recientemente los chats, complementan la tarea.

El esquema escolar de la modernidad obedece y sirve a la racionalidad de tipo cientifista y técnico instrumental. La sociedad moderna, montada sobre el mito del progreso y con basada en la ética de empoderamiento sobre la naturaleza, necesitaba trabajadores calificados para lograr el dominio total del mundo. Pero en América Latina nunca hubo ni la calidad, ni la cantidad necesaria para lograrlo. El esquema de desarrollo mundial donde nosotros estamos del lado de la dependencia lo hace imposible. Para que aumente nuestro estandar de vida debe primero aumentar el de los Estados Unidos. Un estancamiento de su economía comprime la nuestra. Y cuando alcanzamos los niveles de los Estados Unidos, por ejemplo de los años sesenta, ellos ya han triplicado los suyos, abriéndose más y más la brecha.

El resultado es absurdo y parece no tener por dónde romperse. El único camino que preveo es de cambiar de cultura. Nuestra cultura tiende a homogeneizarse siguiendo los patrones de la modernidad importada de los países desarrollados, modernidad que ha mitificado tanto la promesa de un progreso sin fin como la suposición de la inagotabilidad de la naturaleza. Para mantener el progreso y dominar la naturaleza, la escuela tiene entre sus fines la formación de sujetos tecnologizados.

De allí surgieron los modelos escolares : el educador debe volverse tecnológico y el alumno resultante, "objeto" de la pedagogía, en un autómata procesador y diseñador de operaciones. El mecanismo para lograrlo es la escolaridad instruccional : alumnos cargados de información, currículos saturados de datos y cifras. Se transmiten conocimientos y formas de trabajo para sostener los esquemas de la gran producción, pero el hombre alumno no se construye ni se apropia de si mismo. Es un aliens. Y aunque la escuela ya no sea memorística, los nuevos modelos educativos no han cambiado la filosofía de fondo que los anima.

Es por esto que se puede pensar que en la sociedad actual y mucho más en la futura, las forma escolar heredada de la sociedad industrial pesa poco a favor y mucho en contra de la educación. Para las sociedades post-industriales, la solución debe ser liberar a la educación de la escuela, para que podamos aprender fuera de sus rígidos marcos (aulas-jaulas) la verdad acerca de nosotros mismos, del entorno y de nuestra relación con él. El reto es la construcción de estos nuevos espacios educativos que contribuyan a la creación de una nueva cultura : la del hombre reconciliado con su interior y armonizado con su entorno. Nuestros hijos deben poder suscribir pronto la afirmación de Margared Mead y entre todos podamos cantar responsos a la escuela. Y que descanse en paz.



© Jorge Echeverri González   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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