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¿Mami, que es Sexo Oral?


¿Qué le diría usted a un niño de 9 u 11 años que le planteara esta pregunta?

Responderla no es fácil. La editora de Time para niños cuenta que su respuesta al interrogante suscitó en su hijo de 11 años "un profundo ¡huuuyy!, seguido de un pensativo silencio.

¿Es improbable la pregunta? En absoluto. Cuando la TV habla a todas horas de adulterio, sexo y semen presidenciales, cuando los niños pueden consultar en Internet los pormenores de los devaneos presidenciales del país más poderoso del mundo, cuando el último escándalo sexual de Clinton desplaza de los titulares de los principales diarios gringos al viaje de Juan Pablo II a Cuba, cuando el niño ve y oye todos estos pormenores en los noticieros que se transmiten en franjas familiares, tenemos qué plantearnos el análisis de la influencia creciente de los medios de comunicación y la informática en todos sus matices sobre la educación.

Estas preguntas nos las planteábamos hace treinta años, si es que lo hacíamos, muy avanzada la adolescencia. Sólo cuando teníamos acceso a las fotos y revistas que circulaban entre los mayores, de manera clandestina, en los descansos del colegio o en las clases ausentes de profesor y a escondidas, en un rincón del patio, lejos del ojo avizor de los maestros (¿qué se hizo la legendaria Revista Luz de hace cuarenta años?). Ahora no podemos, ni debemos, alejar a los niños de tales interrogantes.

¿Hemos comprendido la importancia e influencia de las comunicaciones y la informática en la formación de la sociedad del futuro? Me atrevo a decir que no. Los actores de los procesos educativos no intervenimos en la televisión y en las redes de comunicación de una manera consciente y programada. Nos refugiamos en salones de clase, con temas artificiales sin significado para los alumnos, creyendo que la escuela formal, formalizada, programada y enteramente aburridora, logra controlar el influjo poderoso de las nuevas herramientas sociales de educación. Pero la sociedad, organismo poderoso y vivo, cada vez más hace caso omiso de ese esclerotizado fósil heredero de la sociedad industrializada y crea sus propias herramientas educativas por fuera de la escuela.

La TV, las redes de comunicación, el teléfono, la música transmitida en directo y al mundo entero en el mismo momento de producirse, las reuniones de grupos juveniles en la esquina del barrio o en la discoteca y el parque, los videojuegos, están desplazando rápidamente a la familia, la escuela, los poderes políticos y la Iglesia en la función educativa. Y la sociedad está estructurando sus valores vinculantes al influjo de estas nuevas realidades sociales.

Es urgente, por tanto, intervenir en las actuales características tecnológicas para crear situaciones de pedagogía informativa. Pero no con la actitud del pasado, en donde los adultos, y en especial los padres y maestros, eran los programadores de las creencias y mitos de las nuevas generaciones, las cuales se transmitían sin más alternativa para ellas que aceptarlas. Lo cual se lograba con éxito pues los niños y jóvenes pasaban muchas horas de su día bajo la influencia formadora de los grupos familiares y escolares, casi sin comunicación con sus pares, con sus barras de amigos. Ahora, cuando encerramos al niño, se refugia en el TV, en largas sesiones telefónicas, en los juegos electrónicos o navegando en la red. Y ya sabemos cuales son allí los menús disponibles en mayor cantidad. Además con alto significado para las ávidas mentes en desarrollo.

La actitud necesaria para esta sociedad globalizada, de cambios rápidos y universales, es la de emprender entre todos la tarea de la construcción de los valores vinculantes de la sociedad. Tarea ardua y complicada, sobre todo porque no comprendemos aún cómo se puede educar en la construcción de valores. Somos expertos en transmitir contenidos y en obligar a que nos los repitan, pero no tenemos ni idea de cómo se configura una nueva cultura. Si la cultura se sostiene en un conjunto de imaginarios simbólicos compartidos, ¿cómo es que estos se producen?

Y quien tenga pistas que las comunique.



Resonancias al artículo La Escuela ha muerto:

Gracias Gonzalo Cantón Santelices (cantonthompson@sprint.ca) por su correo-e, desde el Canadá. Ya hubiera querido yo ser discípulo de Paulo Freire, en directo, aunque lo soy por sus publicaciones, ávidamente estudiadas en los años setenta. Ya hubiera querido hablar con Iván Ilich en Cuernavaca o en cualquier parte, pero sus reflexiones siguen haciendo eco en mi mente aún juvenil por fortuna.

Gracias Betina Barschk (barschks@gauss.logicnet.com.mx) por su comentario desde México. Lo que dice es todo un drama: "creo que las escuelas permanecerán vivas mientras los padres no sepan que hacer con sus hijos. Al menos donde vivo percibo como gran alivio de los padres poderse deshacer de sus hijos por un rato en la mañana."




© Jorge Echeverri González   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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