<<<  Textos y Con-textos


Del museo al mausoleo


La amplia plaza se extiende frente al monumental edificio en forma de gigantesca U: el antiguo palacio de los reyes. Atrás, Les Champs Elysées: el obelisco egipcio, el napoleónico Arco del Triunfo en Etoile , vecino del monumento al acero representativo de la era industrial: la Torre Eiffel. Más allá, en el punto extremo del eje histórico de París, se cierra la perspectiva con La Grande Arche de la Défense, desde lejos evocador de Magritte. En el centro de la plaza la polémica pirámide de cristal de Pei oficia de vestíbulo y puerta del más grande de los museos: el Louvre. En sus amplias galerías (55.000 mts2) reposa como en un gigantesco mausoleo / museo una significativa representación del arte de la humanidad hasta el siglo XIX . El arte reconocido oficialmente, producto del saqueo inmisericorde de las guerras imperiales alrededor del mediterráneo hasta donde se lo permitieron las victorias guerreras. Símbolo del despojo sobre los dominados, hecho por los dominadores.

La visita es desoladora. Multitudes engullidas por la puerta de cristal en forma de pirámide, masas viajeras por sus kilómetros de galerías, apeñuscamientos ante las obras maestras, imposibilidad de ver la Mona Lisa de Da Vinci, una de mis metas: siempre más de cien personas ante una pintura de formato apenas mediano, protegida de la luz por vidrios polarizados, barrera a cinco metros. Lo sagrado del arte, ante lo profano del público. Religiones consagradas de la modernidad. Gusto elaborado por los poderes políticos y económicos. Arte desolado. Preferible disfrutar el arte en el Museo sin paredes de Malraux.

La modernidad hace del arte un espectáculo. De la élite a la masa. Primero un público especializado, luego burgueses ilustrados, más adelante cualquier parroquiano deseoso de acercarse a la producción. Empieza el largo camino a la popularización del arte. ¿Labor educativa del museo? No sé. Pero si se cambia la concepción del arte. Del canon ilustrado regidor de lo bello al consenso más amplio. ¿Democratización? No del todo. Las relaciones no cambian de tono, solo de protagonistas. La obra de arte sigue dependiendo del criterio de un jurado selecto para poder entrar al museo. Se introduce una nueva categoría: la curiosidad de la obra. Además, el museo está generando nuevos imaginarios según sus necesidades y deseos. Se genera la nueva figura estética de la modernidad: el público ávido de novedades. Y por este camino el arte empieza a penetrar en la vida corriente del ciudadano, hasta llegar a la masificación del siglo XX.

Se está culminando el ciclo de la desacralización del arte. El abandono de lo sagrado se ha dado en otras esferas, ahora le toca el turno al arte. La vida del hombre común ya puede hacer parte del repertorio del artista. La comunidad de intereses frente al arte empieza a jugar papel. La legitimación del arte tiene nuevos mediadores. Pero por paradoja, el arte se encierra en sí mismo y se torna cada vez más hermético. Como que no le gusta la aceptación popular y quiere ir contra la corriente. Si antes quiere epatar al burgués, ahora quiere chocar al público. Nuevamente se necesita la guía del crítico ilustrado para ayudar a definir qué es arte y que no lo es.

El problema está en seleccionar entre lo que es arte y lo que es moda. El debate no está terminado. El público es versátil y voluble. Más que como grupo se comporta como turba. Y el artista quiere tomar distancia. Sigue actuando al ritmo de sus impulsos y emociones aunque estos no agraden a los críticos ni al público. El crítico o quien tiene el poder sigue determinando qué entra al museo.

Por otra parte, el museo se comercializa cada vez más y da paso a la figura comercial de la galería. Contradicción para el artista que quiere ser independiente pero a la vez necesita vender, pues los mecenas se acabaron. Tiene qué jugar entre la novedad y la tradición. O morir pobre como Van Gogh.

El museo fue un invento de la modernidad, que sigue siendo importante porque gracias a él podemos acceder a la historia del arte. Pero que pierde su vigencia ante los nuevos avances. Para qué ir al Louvre si sus obras las puedo gozar mejor en reproducciones que en nada desmerecen del original . De hecho hay obras maestras que nunca se ven en el original ni en su sitio de residencia oficial, por peligro de destrucción por atentados. O si puedo recorrer el museo virtual. La obra de arte gana y pierde. Pierde en individualidad, gana en comprensión y popularidad.

Pronto se pasó del museo al mausoleo.



© Jorge Echeverri González   ( Todos los derechos reservados por el autor )
  Preguntas, comentarios o referencias: jorgeche@col2.telecom.com.co


<<<  Textos y Con-textos