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Los oceanos: menos peligros y más futuro
por Jorge Echeverri González


Lisboa se ha atravesado en mi camino. Primero la Lisboa real, geográfica e histórica por la oportunidad de Expo 98, la exposición universal última de este siglo y luego la imaginaria en la obra de Saramago, premio Nobel de Literatura de 1998. Nada planeado a largo plazo, el azar y las circunstancias se fueron dando para que ahora Lisboa haga parte de mi panorama cultural.

El azar y las circunstancias se fueron dando. Mi propósito era participar en el Primer Congreso Iberoamericano de Filosofía que se realizó en Cáceres y Madrid del 21 al 26 de septiembre de 1998. Un viaje tan largo merece completarse, por lo que incluí a Granada y Barcelona en el itinerario previo y posterior al evento académico. Nada más lejos que Lisboa en este plan. En mis contactos con amigos de Barcelona, un par de ellos habían previsto visitar la Exposición internacional: nada más fácil, alterar dos días la ruta, abordar su auto de alquiler en Madrid, tomar la amplia autopista que de España conduce a Portugal y de regreso, Cáceres, primera sede del Congreso, provincia de Extremadura, límites con Portugal. Y en Cáceres, invitado especial, Saramago: día 22 de septiembre, conferencista central. Aún no era premio Nobel.

La anécdota personal me permite acercarme a unos de los temas del futuro: el protagonismo de los océanos. Lisboa planeó hacer de los océanos el tema de su exposición. Ya lo había sido en la Exposición de 1975 en Okinawa (Japón): veintitrés años en que el tema de los océanos se revela como central en el futuro del hombre. En Okinawa dominaba la euforia tecnológica que hacía ver el mar como fuente de recursos del futuro. Aunque ya aparecían las preocupaciones ecológicas, el acento estaba puesto en progreso técnico como fuente de todas las soluciones a los problemas de la relación del hombre con la naturaleza.

La década del 80 cambió el panorama: la relación del hombre con la naturaleza se ha percibido como de depredación incontrolada, el optimismo se derrumba y crece la conciencia de los problemas por la sobre explotación incontrolada de los recursos. La tecnología que ha permitido una mejora sustancial en la calidad de vida del hombre contemporáneo, es a la vez su mayor amenaza. Se empieza a reflexionar sobre las consecuencias de la intervención humana a escala planetaria.

En este contexto, la Exposición Universal de Lisboa en 1998 tiene acentos nuevos. Si las exposiciones anteriores han centrado su visión en los aspectos económicos en esta se quiere centrar la mirada en los culturales. Aunque de grandes potencialidades, el océano es un recurso agotable. La necesidad económica debe ir de la mano con la reflexión filosófica sobre cómo deben ser las relaciones del hombre con la naturaleza: básicamente basadas en la el respeto y la responsabilidad que como especie tiene frente a su mundo. Conocer y preservar, además de utilizar, son ahora complementos esenciales. El debate sobre los océanos implica un diálogo entre la técnica, el sentido del hombre y su relación con la naturaleza. Tema central de una nueva ética civil.

Lisboa y su exposición universal, lograron convocar a las Naciones Unidas para que declararan a 1998 como Año Internacional de los Océanos. Así la exposición, sin desconocerlos, no se centró en los temas de la navegación, las rutas marinas, las construcciones navales ni el comercio: su perspectiva fue una nueva visión del conocimiento y salvaguarda de este recurso: exposición cultural y del conocimiento más que de la técnica y del comercio. Y esto porque los océanos forman parte integral del mundo contemporáneo y configurarán el futuro. La utilización de las rutas del Atlántico, primero por Colón y luego por Vasco da Gama, para llegar a América y a las Indias, son aspecto protagónico de la revolución de la modernidad. Los mundos antiguo y medieval eran mediterráneos y en ellos sólo los litorales o pequeños mares jugaban su papel. El Océano era el gran desconocido, ubicación de monstruos y peligros insuperables. Pero el dominio del Atlántico y la incorporación de América a la civilización occidental cambian el panorama universal, no sólo por el dominio de las rutas marinas, sino también por la afluencia de las riquezas de este continente, sin las cuales no se hubiera podido desarrollar la revolución industrial. Pero este es otro tema.

Lisboa, ciudad oceánica como ninguna, nos enseña con esta exposición que todos los países debemos mirar a los océanos. Y todos los hombres debemos reflexionar nuestro puesto en esta naturaleza planetaria donde los océanos contienen una de las perspectivas del sostenimiento del hombre como especie. Y Saramago nos muestra esa ciudad soñada, imaginada, a veces mal construida, que debe ser repensada de cara a los océanos.

Desde el espectacular puente de 18 kilómetros construido para esta ocasión sobre el estuario del Río Tajo y bautizado con el nombre del descubridor Vasco da Gama, en una tarde de bruma marina y con un inmenso sol pálido enterrándose en el Océano Atlántico, contemplé las luces inciertas de esta Lisboa entre real y soñada, recordé el luminoso Mar Caribe al otro extremo de este mismo océano y pensé que en sus aguas está mucho de nuestro futuro.


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