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José Saramago: premio Nobel
por Jorge Echeverri González


José Saramago, premio Nobel de literatura 1998. La noticia me llega cuando estoy preparando una nota sobre el escritor portugués nacido en 1922. La nota estaba motivada por haberlo conocido el 22 de septiembre de este año en Cáceres, España y haber quedado encantado con su personalidad. El escenario es el Primer Congreso Iberoamericano de Filosofía realizado en esa ciudad y en Madrid del 21 al 26 de Septiembre y al cual fue invitado José Saramago para intervenir en uno de los plenarios.

La pregunta obvia que el mismo Saramago se hacía es: ¿qué papel puede jugar un literato, novelista, en un congreso de filosofía? Si Saramago hubiera participado en algunas de las sesiones sobre estética hubiera encontrado una posible respuesta en varias de las presentaciones que allí se hicieron. Saramago se daba otra desde el lema de la convocatoria: La comunidad filosófica iberoamericana ante el cambio de siglo. Y desde allí, desde la comunidad iberoamericana, realizó su intervención con el sugestivo título de "Descubrámonos los unos a los otros".

El novelista piensa que todo lo que tiene que decir lo ha dicho en sus escritos. Y efectivamente toma su novela "la Balsa de Piedra" para su exposición: la novela parte de una imagen en forma de sueño: la península ibérica se ha desprendido del continente y navega a la deriva por el inmenso océano cual descomunal balsa de piedra. ¿Qué es de una Iberia desconectada de Europa y cuál es su destino? En la imagen hay alusiones de protesta y rechazo de la Europa comunitaria, hay sedimentos de resentimiento histórico: Iberia al margen de la historia. Pareciera responder a un gusto morboso por la autoflagelación pero es respuesta al desdeño y arrogancia de una Europa que ha tenido un comportamiento aberrante por ser eurocéntrica y ensimismada: Europa debe presentar al tribunal de su conciencia tal situación. Porque la pretensión de ser el paradigma del Universo, de que sus valores sean los rectores de la civilización que Europa había considerado la única válida, no la ha librado de ser verdugo y víctima de los mayores desastres y horrores de la humanidad.

Saramago se pregunta sobre la posibilidad de construir una comunidad iberoamericana y plantea el dilema que tiene la península ibérica entre mirar a Europa y mirar a América lo que me da pie para pensar que en ese punto intermedio de la tensión, la península puede ser isla, muro o puente. No quiere ser isla pues ya ha decidido formar parte de la Unión Europea, a pesar de sentirse un poco como formando parte de los hermanos pobres de la comunidad. Por altruismo o simple interés económico (España es el segundo país con inversiones extranjeras en Colombia, por ejemplo), no puede ser muro que aísle. El mejor camino es ser puente: su atadura geográfica con Europa, las fronteras abiertas y desde 1999 el Euro como moneda común, conforman uno de los extremos del puente. El otro, el pasado de cinco siglos de historia compartida, así buena parte de ella haya sido historia de dominación y barbarie.

Si los países ibéricos quieren contribuir a formar esa comunidad iberoamericana, y aquí sigo a Saramago de nuevo, deben seguir siendo Europa, pero con mentalidad nueva: que se piense a sí misma como una entidad moral que no parte del predominio y subordinación de unas culturas a otras. Que termine de abandonar el supuesto de que es "la" civilización y "la" cultura a las cuales deben plegarse las "otras" civilizaciones y culturas, consideradas como primitivas y poco desarrolladas. En la mira debe estar el terminar con la hegemonía que se ha construido en el doble proceso de evidenciar lo propio y ocultar lo ajeno con complicidad de las propias víctimas. Las culturas no son mejores ni peores, más ricas o más pobres. Son culturas y basta, dice con énfasis Saramago. No hay una cultura universal. La tierra es una pero los hombres somos diferentes.

Europa ha mirado a América a su propia (de cada país) e interesada manera. Como Saramago no quiere tirar la piedra al techo del vecino cuando su propio techo es de vidrio, trae a colación un ejemplo de la acción de Portugal en Brasil. Antonio Vieria, el 20 de abril de 1657, en carta a Alfonso VI, denuncia las aberraciones que los portugueses están cometiendo: más de dos millones de indios matados, corrupción de sus agentes y destrucción de las civilizaciones americanas. El ejemplo le permite recordar que la conquista de América no fue encuentro de pueblos ni diálogo de culturas, fue invasión y arrasamiento. Imposición por desconocimiento del otro, de sus particularidades y diferencias, de sus riquezas y posibilidades. De su idioma y sus dioses, de sus valores y culturas. Si queremos que esta sea una historia superada, debemos pasar del "descubrimiento" que una civilización hace de la zona sumida en la barbarie, al descubrimiento mutuo: descubrámonos los unos a los otros. Y de alguna manera, en ese escenario, estabamos descubriéndonos mutuamente.

La voz cálida y enfática de Saramago emocionó al auditorio. Dejó al millar de filósofos allí reunidos, pensando en algo que no es nuevo, pero que adquiría un nuevo tono en esa sala del antiguo convento de los franciscanos de Cáceres, cuando es pronunciado por un europeo de uno de los países dominadores. Voz que ahora tendrá más audiencia a propósito del premio Nobel. En un momento pensé que era sentimentalismo de americano que oía esas palabras de un europeo, al que además quiere mucho. No. También lo expresó a su modo Reyes Mate, Coordinador General del Congreso, cuando en la conclusión del mismo dice: "La cabeza se ha mostrado con generosidad y lucidez en las ponencias y comunicaciones que han brillado, por lo general, a gran altura. El corazón se ha manifestado en algunos plenarios, como en la conferencia de Saramago, donde afloró una emoción colectiva, tan intensa como interior, que sólo se produce cuando la palabra del que habla responde a los silencios de quienes escuchan."

Bien por este premio Nobel de literatura que no es sólo para Saramago sino para la comunidad lingüística portuguesa.


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