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Sin Hannah Arendt, poco se pierde


Se pierde, y se pierde mucho, culturalmente hablando, cuando no se conoce ni siquiera de nombre y mucho menos sobre su vida y su obra a un Jacques Derrida, pero, en justicia, es muy poco lo que habíamos perdido quienes desconocíamos hasta hoy a la filósofa alemana Hannah Arendt, autora de Orígenes del totalitarismo y en apariencia eterna corresponsal del gran filósofo Karl Jaspers, compatriota suyo, existencialista - prefería el título de filósofo de la existencia - y religioso que no disimulaba la influencia que sobre sí ejercía la teología, señalando a la existencia humana como un fracaso ante una trascendencia inasequible. Como quiera que acaba de salir un volumen de mil páginas que recoge la correspondencia entre ambos - ella escribía, él contestaba - y que se prolongó por poco más de 40 años, bien que se merece ella un vitrinazo, así sea relámpago, por el mundo elitista de la academia y la filosofía mundial.

Aparentemente, entre el bosque enredado de aquellas lianas confusas, muy en la espesura de los inquietantes manglares filosóficos, de la manigua especuladora y sofista, axiomática y testaruda, ella gusta de hablar mal de todo lo que a sus ojos pueda ser sospechoso de heterodoxo, lo que tenga olor a inconformidad, riesgo, rebeldía, provocación o novedad. Y Jaspers, mentalidad privilegiada, descubridor nato, filósofo serio, abierto siempre como todo aquel que quiera merecer su puesto en la historia de los hombres, responde cortésmente y cortésmente, aunque admirándola, la sermonea y reconviene, al tiempo que con su sabia paciencia la escucha para corregirla.

Y es que, de pronto, ella suelta sus perlitas de atrevida irredenta y reaccionaria torcida, perlitas que sólo pueden ser ofrecidas al público cuando se tiene la certeza de que éste, al ignorarlo todo, no reprocha nada.

A Hannah Arendt, Jean-Paul Sartre no le causa ninguna simpatía, ella prefiere a Camus al cual estima ciertamente menos dotado pero más importante puesto que es más serio y más honesto, afirma sin sonrojarse, casi con cierta pereza melancólica, irresponsablemente.

Pero, desde luego, Marx no podía faltarle a los sofismas de su ancho y vacuo repertorio. ¡ Imposible! Y para controvertir a Jaspers, pero sobre todo, para mostrarse magnánima, conciliadora, de mentalidad abierta y renovadora, le riposta al viejo existencialista cuando éste afirma que Marx no tenía ningún sentido de justicia: Al menos, dice ella, podemos salvarlo en tanto que rebelde y revolucionario.

Vistas, pues, las cosas así, no vale la pena ocuparnos más de esta filósofa de pacotilla que dejaba escapar su rabia contra Sartre y Simone de Beauvoir, que fue víctima de las náuseas cuando leyó la autobiografía de Sartre, Las palabras, que utilizó como somnífero la lectura de La Force des choses de la Beauvoir y que proclamaba a los cuatro vientos su repulsión por la posición política que la vieja pareja existencialista adoptaba a diario en su esfuerzo inmenso por hacer posible hoy un mejor mundo para los hombres del mañana.

Créanme : desconociendo a Hannah Arendt, no se pierde mucho, y me temo que profundisándonos durante largas e interminables horas en las honduras de estas mil páginas de correspondencia, podríamos quedar más bien atrapados por el tedio y el fastidio.


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