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Recordando a Elsa Triolet En 1970, cuando Elsa Triolet murió, en un ángulo de la página internacional de un periódico se leía en pocos renglones la lacónica noticia: UPI, julio 17... y cuatro o cinco líneas con las consabidas frases de cajón. Sorprendidos, releímos la nota: "Elsa Triolet falleció de un ataque cardiaco, etc..". Tiramos el periódico al suelo mientras hacíamos un gran esfuerzo por no repetir la expresión de siempre: no puede ser. Buscamos de inmediato en otros periódicos pero por ningún lado aparecía la infausta noticia. Mañana se ampliará la información, pensamos. No podíamos creer que estuviera pasando algo similar a lo que aconteció con la divulgación de la muerte de Arguedas, el gran escritor peruano. Sería insufrible tal desconocimiento. Cuando José María Arguedas se pegaba un tiro en su querida Lima, la prensa local, alguna, reseñaba sin escándalo, no por la importancia del personaje, sino porque quien al suicidarse, al morirse, dejaba escrito un testamento de rebelión y unas cuantas letras de simpatía a Cuba y al glorioso pueblo de Vietnam, no merecía mayores sentimientos de dolor. Coincidió nuestra visita a la capital Inca por esos días. El pueblo, los indios lo lloraban. Trajimos a Colombia la noticia del mes y la dejamos clara y patética con los testamentos literarios del suicida y los testimonios conmovidos de sus allegados, en un suplemento dominical. Al otro día, un periodista de El Tiempo, Uriel Ospina, en diez renglones, nos respondía: "Evidentemente murió Arguedas, se pegó un tiro, sufría de serios trastornos mentales, etc.., etc..". Entonces, por aquellos días de 1970, luego del fallecimiento de la Triolet, no disimulábamos nuestra febril congoja, nuestro apasionado dolor y nuestro pésame a las letras francesas, al partido comunista francés, a Louis Aragón, a la izquierda y al pueblo de Francia. |
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Hoy, 27 años después, nos vuelve a la memoria esta estupenda mujer y el recuerdo de su partida final. Elsa murió de vida, no de muerte, como sucede con algunos, escribimos para la ocasión. Pero revivámosla: Fue una mujer a carta cabal. Ejemplar. Nació en Moscú en 1896. Estudió arquitectura. Comenzó su carrera de escritora en 1924. En 1928, después de haber publicado tres novelas, se encuentra con Louis Aragón, a quien acompañará siempre, será su mujer para toda la vida, su compañera inseparable. Primero en ruso, su lengua natal, luego en francés, escribe numerosas obras; recordemos particularmente su trilogía Rosas a crédito, Las intrigas y El alma. En 1945 recibe con El primer desliz cuesta doscientos francos, el premio Goncourt, el galardón más ambicionado por los escritores franceses. Como traductora acomete una obra de excepcional importancia para la cultura universal: vierte del ruso al francés, por primera vez, la poesía de Maiakovski, su cuñado. Además, traduce el teatro de Chéjov y dirige la publicación de una antología de la poesía rusa. Elsa fue presidenta honoraria del Comité Nacional de Escritores Franceses, nacido en la Resistencia de 1941. Su actividad intelectual rebasaba los límites de la cultura de biblioteca o de la pesada cabeza canosa y casposa del poeta o el filósofo contemplativo. Actuó con beligerancia en las luchas políticas contemporáneas. Pensó con Fanon y Sartre que la guerra de Argelia no era una guerra de Argelia solamente, sino una guerra universal de los desposeídos contra los que todo lo tienen, de la servil colonia contra los antihistóricos colonizadores. Fue militante sin titubeos y, siempre más cerca del peligro que de la tranquilidad, vino a morir a los 73 años. Elsa Triolet dejó la lección de una vida intelectual insospechada y la imagen de una mujer integral. Y Elsa, en aquel 1970, cerró sus ojos para siempre. Pocos ojos han tenido que ver tanto con la poesía. Los de ella, azules o verdes, de todos modos estrellados, figurando siempre un firmamento entre tempestuoso y calmo, hicieron escribir a Louis Aragón el poeta, el novelista, el político y el pensador, las páginas más bellas que el amante pueda dedicar a su compañera. Pero también hicieron cantar aquellos ojos. No creo haber escuchado una canción más emotiva, aún antes de haber aprendido el francés, que la de Elsa, poema de Aragón, interpretado por Leo Ferré. A quienes no la conocen, les recomiendo acceder a la vida y obra de esta maravillosa mujer del siglo veinte. © Germán Uribe ( Todos los derechos reservados por el autor ) |
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