| <<< La Esquina de Germán Uribe |
|
Del oficio de escritor Si mis congéneres me olvidan al día siguiente de mi muerte, poco me importa: los visitaré mientras vivan, inasible, innominado, presente en cada uno como están en mí los millones y millones de muertos que ignoro y que preservo del anonadamiento; pero si desaparece la humanidad, matará de verdad a los muertos. Sartre En alguna ocasión una persona que quiso matizar nuestro circunstancial encuentro de coctel con una sugestiva muestra de curiosidad intelectual y entusiasta halago, me interrogó así: Dígame, ¿usted qué escribe? Y vaya si esa sutil inquietud, que en principio noté frívola, le creó preocupaciones a mi ánimo y esfuerzos a mi pensamiento. Porque al responder a la pregunta ¿usted qué escribe?, probablemente el escritor, ligeramente halagado, sólo piensa en mencionar aquello en lo cual trabaja en ese momento - un cuento, una novela, un poema -, o resuelva cortésmente zafarse con la respuesta clásica: poesía, novela, teatro. Ahora bien, hay otra pregunta aún más embarazosa: ¿De qué trata lo que usted escribe? No estoy seguro de que lo mismo ocurra con todos los escritores, pero personalmente pienso que no hay nada más difícil que sintetizar o explicar una obra que nos ha costado el más abrumador y neurótico trabajo, o que todavía no concluimos ni tenemos clara, en el escaso lapso que dura una de esas miradas que en el fondo sólo dicen al fin y al cabo a mí que me importa y cuyo interés, si existe, termina en el preciso instante en que de entre los rumores de la reunión, aparece la voz de un nuevo contertulio que se aproxima trayendo consigo alguna nueva estupidez por averiguar. |
|
Vamos pues, entonces, a transformar el qué escribe y el de qué trata lo que
escribe, por la única pregunta válida que de paso nos puede acercar al alma
misma del interrogado, respetándole celosamente su escamada condición de
artista: Por qué escribe, puesto que su estilo y la materia de que trata al
escribir, no son en últimas otra cosa que la consecuencia contingente del
por qué. El por qué, pues, es lo esencial. Si se quiere llegar a la más
honda interioridad del escritor, o si especialmente buscamos indagar la
identidad metafísica de lo que escribe, más vale profundizar en las razones
de su oficio, en los orígenes sicológicos de su delirante vocación, que en
las indefinibles y caprichosas obras que él nos muestra. Por ello vamos a
orientar en distinto sentido la inquietud de aquel circunstante de coctel. Digamos primero que la función del escritor es la de describir, enjuiciar, controvertir, aplaudir o condenar lo que ve o vive, observar sus sueños y los de los demás. Todos estos aspectos involucrados y con acentos mayores o menores en cada uno de ellos [describir, enjuiciar, controvertir, aplaudir o condenar a través de las palabras, que ensambladas en un plano totalizador hacen lo que comúnmente llamamos literatura], es en últimas decidirse, a partir de elementos subjetivos, a cambiar lo único absolutamente objetivo que rodea la conciencia del hombre: el mundo. Es decir, el escritor deviene en una conciencia que elabora la realidad. De allí lo acertado de la frase de Rulfo: Para ver la realidad se necesita mucha imaginación. Por todo ello, no sería demasiado aventurado afirmar que el escritor es aquella persona que, luego de su fracasado intento por racionalizar su mundo a un grado tal que pueda entenderlo y definirlo en términos absolutos, termina subjetivando su propia realidad. Vuelca plenamente su actividad intelectual al plano subjetivo de las ideas, para concretar en novelas o versos su visión personal de un mundo objetivo y real, que para serle más comprensible y llevadero a él como hombre, y a todos los hombres con él, requiere del ejercicio imaginario de la creación libre. |
|
Escribir, pues, y aquí viene un nuevo ingrediente, es la manera más libre
de ver al mundo desde un ángulo particular y a partir de una concepción
metafísica individual. ¿Cómo socializar, politizándola, esa creación
individual? Ni siquiera forzando el hecho desde un decreto como el del
realismo socialista se logró. Porque ya lo dijimos, escribir es el derecho
de ver al mundo libre e individualmente, aunque tal visión comporte como
consecuencia de sus motivaciones y sensibilidad, determinado compromiso
social. Otra cosa muy distinta es la radical militancia política del
artista. Allí es el hombre, acosado por su sensibilidad social o por sus
necesidades materiales, el que se ve empujado para que la libertad de su
oficio se ofrezca al servicio de ciertas causas. Y escribir es una forma
libre de ver el mundo, insisto, porque podría decirse que en la creación
literaria pura, la única opresión válida es la que proviene de la necesidad
liberadora de expresarse, es decir, se escribe de verdad sólo por elección,
porque de otra manera se lo sería por necesidad. En ningún otro campo de la actividad humana se presenta con mayor fuerza y arrogancia el ejercicio de la libertad como en el de la creación artística. La creación y la libertad se hermanan en el artista, lo que a todas luces negaría la existencia de un creador que desempeñara su oficio por opresión. Habría también que agregar, para explicar mejor el interrogante del por qué escribe, ciertos puntos velados de su individualidad. De entre toda la informe pléyade de escritores que recuerda la literatura universal, se pueden extraer las más disímiles ocurrencias. Algunos lo hicieron o lo hacen pensando en la posteridad; por misantropía o por soledad; por vanidad o por soberbia; por amor o por odio, o simplemente, para darle a su imaginación una no idiotizada válvula de escape. Pero, quisiera no equivocarme al lanzar esta tesis: el escritor escribe para darle un sentido trascendente a su vida. Al final, un sentido de inmortalidad (causa); y para intentar mejorar con su trabajo el mundo suyo y el de los demás (consecuencia). Es decir, que inspirado en su propia inmortalidad - la memoria individual asumida por los demás a través del tiempo - quiere llevar consigo la inmortalidad a todos los hombres. |
|
La inmortalidad que se propone aquí no es otra cosa que el deseo válido por
trascenderse. No se trata de la gloria de los héroes, se trata de la
inmortalidad de la memoria, o mejor, de la inmortalidad como memoria a
través de los tiempos: vida perpetua en la memoriosa historia del hombre. Pienso que escribiendo, al tiempo que le doy ese sentido de inmortalidad a mi vida, estoy retrasando mi propia muerte, porque buenos o malos, mis libros me sobrevivirán, serán el reflejo de mi pensamiento sobre el mundo, la pasión lúdica de las palabras que quedan; me atarán a ese mundo histórico que me correspondió vivir, sin consideración ninguna al concepto de finitud, y serán esos libros en últimas el rastro indeleble de mi paso por entre los hombres. Pero, en fin, en cualquier caso, como lo anotara Sartre, a un escritor le queda la idea de que continuarán leyéndolo cuando ya no exista. Y ese es su futuro. Y podemos concluir diciendo: es un futuro que lleva intrínseco el rechazo a la muerte, por cuanto la trascendencia y la inmortalidad son los dos grandes instrumentos con los que cuenta la imaginación del hombre para combatir su postrada condición de mortal. Todos y cada uno de los seres mortales escogen de una u otra manera su perpetuidad. Escribiendo, yo escogí la mía. © Germán Uribe ( Todos los derechos reservados por el autor ) |
| <<< La Esquina de Germán Uribe |
|