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Apretada evocación de Puig por Germán Uribe
Ya se sabe que toda muerte es la imposibilidad y la negación a una existencia en proyecto. Se sabe también, o al menos así lo creo, que la muerte es el simple regreso de nuestra materia a la naturaleza. Pero esto me da pie para pensar que aunque toda muerte lleva implícita una desgracia personal, no todos los muertos arrastran consigo y para siempre en las entrañas del tiempo, de la memoria y de la historia, esa terrible desgracia. Y ese es el caso de Manuel Puig, del que me ocupo ahora, pero también de tantos otros que nos van dejando en el camino alimentos y herramientas espirituales con las que bien podríamos también nosotros transformar ese regreso a la naturaleza del que hablara Sartre por la incursión pródiga y placentera en la memoria del hombre histórico. El artista con su trabajo hace trascender y perpetuar su efímera existencia material, y de ahí que toda muerte de artista devenga siempre en vida memoriosa del mismo desgraciado que enterramos. En 1990 se nos fue Puig. Irremediablemente ido, no nos queda más remedio que, ajustados a lo que venimos diciendo, revivirlo desde su meritorio trabajo intelectual en esta apretada remembranza. |
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Experimentó siempre este Puig una curiosa pero enriquecedora combinación entre la literatura y el cine. De cada uno de ellos extrajo para el otro elementos que le fueran útiles en la carrera perfeccionista de su quehacer cultural. Sus novelas, ocho en total, y no es de extrañarlo, tenían todas acertados y efectistas títulos de películas: La traición de Rita Hayworth (1968), Boquitas pintadas (1969), The Buenos Aires Affair (1973), El beso de la mujer araña (1976), Maldición eterna a quien lea estas páginas (1980), Sangre de amor correspondido (1982) y su última y muy publicitada, Cae la noche tropical (1988). Hay quienes afirman que sólo fue en 1975, cuando el argentino Héctor Banbeco llevó al cine El beso de la mujer araña, dándole la oportunidad a William Hurt de obtener un Oscar como mejor actor, y sólo a partir de aquel año, quienes nos interesamos por la literatura latinoamericana, pusimos los ojos en la obra de Puig. Quienes así lo señalan quizás olvidaron el impacto que en nuestras letras causó por allá a finales de los sesenta la irrupción técnica y temática de dos de sus obras que todavía perduran como franco reto al boom de entonces. Me refiero, claro está, a las que me iniciaron por casualidad en el mundo novelístico de este gran escritor argentino (1932) y lo promovieron a la fama universal: La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas. De la primera comentó en su tiempo mi amigo e impulsor intelectual y literario de mis años moceriles en París, el gran crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal: Una de las novelas más originales que se han escrito recientemente en América Latina. Es no sólo original en cuanto al tema (la alienación por el cine de una familia de provincia), sino por la estructura que el autor maneja con absoluta maestría. De la otra, e incluso del resto, ya comienzan a ocuparse sus millares de lectores en diversos idiomas. Estas líneas son una apuesta a la posteridad de Manuel Puig y el homenaje siempre vivo a él y a los otros grandes de la literatura argentina. |
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