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¡Fumadores del mundo, uníos! Hablaré sobre el vilipendiado cigarrillo. Soy consciente del mal que puede causarle al organismo humano. Sobre ello no hay discusión. Pero lo que sí considero peor que la vocación de suicidio de nosotros los fumadores, es la forma como quienes se oponen al tabaco han querido conducir al patíbulo, a la picota pública a quienes ostentan el vicio. Su persecución es tal, que no solamente están restringiendo la libertad de los fumadores sino que con esta nueva inquisición, con esta progresiva cruzada por la salud humana y a nombre de ella, están desatando una guerra de exterminio contra quienes hemos escogido un pequeño placer, vicioso como todos los placeres, para sobrellevar un poco mejor esta vida. Los no fumadores, primero legislando y luego atropellando verbalmente, están a punto de condenar a físicos palos o a encerrar tras las rejas a sus irreconciliables enemigos. Afortunadamente, con otros cuidados por la salud, como por ejemplo, el daño que producen la carne roja, o las gaseosas, o el huevo, o los enlatados, los bárbaros, que son conscientes de ello, no han comenzado todavía a aislar primero y fusilar después a quienes consumen estos alimentos. Y serían incontables otros ejemplos. Sé que con mis 40 cigarrillos diarios me he constituido en un espécimen raro. Hace algún tiempo, estando con mi mujer, y Federico, mi hijo, en una pizzería de Bogotá, fui conminado a dejar de fumar o de lo contrario a abandonar el restaurante en medio de una vergonzosa recriminación pública. |
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Cada vez se achica más el espacio social nuestro. Parecería que aceleradamente nos conducen a un ghetto tal como se hiciera en otras épocas con los leprosos. Abogo filosóficamente por la libertad absoluta, por el anarquismo irredento. Estoy del lado de quienes propenden por la legalización de todo tipo de drogas o fórmulas de escape que ayuden al individuo, bajo su propia responsabilidad y sin ocasionar daños a sus semejantes, a afrontar de una manera particular su propia existencia. Por ahora, y mientras pueda, seguiré con mi vicio, al que le debo mi grato reconocimiento. Son muchos los momentos de alegría o tristeza, de soledad o zozobra en los cuales este compañero fiel ha sabido acogerme, estimularme, servirme de amable y solidaria compañía. Que expulsen de la sociedad a los corruptos, a los fabricantes y traficantes de armas, a los mentirosos, a los opresores, a los ladrones, pero que dejen en libertad y respeten a quienes saben conducir para sí y en su propio beneficio los placeres que más se les acomodan. Y, por último, como dice la canción, ciertamente fumar es un placer genial, sensual... © Germán Uribe ( Todos los derechos reservados por el autor ) |
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