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Schaff, Wahl y el humanismo marxista


Recordamos hoy que el eminente filósofo polaco Adam Schaff se convirtió, hace un par de décadas, en la obligada referencia de quienes se preocupaban por el humanismo marxista. En su obra La filosofía del hombre (1961), acomete una interesante tarea alrededor del existencialismo (especialmente del sartriano) frente al marxismo. Schaff quiso probarnos, como realmente lo logra, que si la filosofía marxista se ocupa de la sociedad como totalidad, es el existencialismo el que pudo haberla reemplazado, con los errores previsibles, en el aspecto del individuo. La una social, la otra individual, no desecharon nunca el lado humano del hombre, no obstante que para la primera éste se concebía a partir de soluciones generales y universales, y para la segunda era el hombre, como ser social, quien importaba.

Deficiencias de lado y lado eran, para nuestro filósofo, fácilmente subsanables si se emprendía un trabajo como el propuesto por Sartre, en el sentido de que una antropología filosófica que ubicara la problemática existencial del individuo en una sola ciencia, reemplazaría directamente a la antigua filosofía. Para Sartre era más un juego entre las dos filosofías. Para nosotros más una función. Pero no de cualquier modo, sino al precio de la vigencia del existencialismo, es decir, sacrificándose por la absorción que de ellas haría el marxismo.

Las fallas de la filosofía de Marx frente al individuo encuentran cierto principio de solución en enunciados bastante concretos del existencialismo sartriano.





Tuve el privilegio de asistir entre 1964 y 1967 en la Sorbona de París a los cursos del profesor Jean Wahl sobre la filosofía de Hegel. Este anciano era por aquel entonces en Francia quizás el más reputado y apreciado de los profesores de filosofía. De cabellos blancos, casposos, mal arreglado, desgarbado, embutido casi siempre dentro de una gabardina que le quedaba grande, pero de ojos vivaces y voz sonora y precisa, nuestro querido profesor se aparecía en el aula cada mañana presuroso con su roto gabán y su deshilachado maletín negro repleto de papeles, retándonos a que lo comprendiéramos.

Al cabo de numerosas clases notó la extraña presencia de un adolescente extranjero en la más difícil de cuantas conferencias se dictaban por aquel entonces en toda la Sorbona: Hegel. Al salir cualquier día del salón me sorprendió con una pregunta que entonó a toda voz, y antes de que los petits savants, o sea el resto de los alumnos y al mismo tiempo mis compañeros de confusión, abandonaran sus puestos. Secamente y sin darme tiempo de respiro, me interrogó con brusquedad. ¿Usted qué hace aquí?, a lo cual, con enorme timidez y balbuciendo un pésimo francés, le respondí: Yo, señor, asisto voluntariamente a sus clases. Y aguegué: No estoy inscrito en ellas pero me apasiona el tema que viene tratando. Iniciamos allí y así nuestros irregulares entretiens. Un día me le acerqué y le manifesté mi deseo de intentar un estudio serio, lo más profundo posible, sobre cuatro filósofos que para mí constituían y constituyen la evolución lógica del pensamiento social de los últimos cien o ciento cincuenta años.

Le consulté: "Profesor, ¿es factible probar con evidencia que Feuerbach, Hegel, Marx y Sartre, a más de tener íntima relación entre sí, resumen todo el proceso filosófico de los últimos tiempos, y que además, Sartre se constituye en el resumen de todas las concepciones filosóficas que le precedieron, máxime ahora cuando revuelca todas las ideas precedentes en su "Crítica de la razón dialéctica", proponiendo una nueva interpretación filosófica del mundo a partir de Marx? Me miró con desgano y me llevó del brazo por algunos pasillos. Comentó ciertas cosas incoherentes de las que deduje su poca simpatía por Marx y especialmente por Sartre (a quien, pensé yo, podría considerar su émulo victorioso). Y, para mi mayor sorpresa, por respuesta final y contundente me preguntó: ¿Usted conoce a monsieur Malraux?. No, señor, me apresuré a decirle muy embarazado. Alors venez, me dijo. Y confieso que fue tanto mi asombro y desconcierto y tan rápida e inesperada la invitación a acompañarlo a casa de André Malraux, que todavía no sé por qué salí corriendo con un gracias, señor, tengo una cita urgente a esta hora. Y a los pocos minutos estaba yo acezante en mi mansarda de solitario estudiante latinoamericano, sin comprender todo esto.

Trabajé algún tiempo sobre el proyecto que le expusiera a Wahl. Guardé por algunos años entre mis papeles numerosas páginas a mano que tenían que ver con él, pero también con sus cursos hegelianos y con nuestros encuentros. Y, además, todavía conservo el Cuadro de la filosofía francesa, del viejo Wahl, que me obsequió con una inmerecida dedicatoria de su puño y letra, en que recuerda nuestras distintas charlas.





Pero volvamos a Schaff. Con el correr de los años llegó a nuestras manos un nuevo libro del filósofo polaco, Marxismo e individuo humano, que nos pareció una rectificación inteligente a determinados aspectos del humanismo marxista, olvidados por él en la Filosofía del hombre. Dice que el humanismo marxista vino a tomar impulso a partir del descubrimiento de los escritos filosóficos y económicos del joven Marx (1844) y de La ideología alemana, de la cual, valga la pena comentarlo, no pude encontrar durante mucho tiempo ni una sola edición en español en esta Atenas Suramericana, como alegremente se dio en alguna época en llamar a la Bogotá en que vivo.

A quienes hayan tenido la paciencia de leer esta nota y se interesen por la filosofía, quisiera recomendarles no tanto la edición en español de La ideología alemana, como alguna información acerca de Adam Schaff: qué fue de su vida y de su obra durante los últimos tiempos y en qué terminó su enorme influencia alrededor del humanismo marxista luego de la caída del muro de Berlín.


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