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La Paz de Colombia
por Germán Uribe


Es un hecho ya mayoritariamente reconocido, por fortuna, que la solución negociada es el único camino que nos puede llevar a la paz de Colombia. Los amigos de la guerra, los defensores de una paz militar con tierra arrasada de por medio, parecen ser ahora menos aunque no por ello altamente peligrosos para la estabilidad del país y su propia integridad nacional. Estos guerreristas, con su postura a ultranza y descabellada, son precisamente quienes están haciendo crecer la audiencia en torno a unas negociaciones con la guerrilla que le permita al gobierno y a la sociedad civil salir en defensa de un futuro tranquilo, sólido y próspero para Colombia.

Sin embargo, son múltiples las propuestas para dar comienzo al proceso. Por ejemplo, aparte de Mainz y del ingenuo acuerdo del Nudo de Paramillo con los paramilitares por parte de algunos miembros de la sociedad civil, ahora el gobierno y el congreso, liderados por el ministro del Interior Néstor Humberto Martínez y el presidente del senado Fabio Valencia Cossio, en un sincero afán por allanar el camino que conduzca al comienzo de las negociaciones, se encuentran atareados preparando una reforma política que aparentemente complazca a la guerrilla y de muestras de la buena fe de una de las partes por cambiar ese estado de cosas que es precisamente lo que buscan cambiar los alzados en armas en aras de una sociedad mas justa e igualitaria para la Colombia del mañana. Porque no hay que dudar, ni por un segundo, que el objetivo político de la lucha armada que libra la guerrilla colombiana no es otro que el logro de un cambio radical en las instituciones y las costumbres de nuestro país en beneficio de una sociedad mejor.

Ahora bien, en este salpicón de propuestas y de pasos iniciales, todos llenos de la mejor intención, nos parece que la reforma política del señor ministro Martínez, orquestado por un gran número de congresistas es, al igual que lo fue el acuerdo de Paramillo con los paramilitares, un tanto candorosa, desgastadora e inoportuna y que no alcanza a ser, como lo sugieren algunos, una cuota inicial para el proceso. Porque, frente a los reclamos radicales de un nuevo país que a gritos reclaman las masas pauperizadas y exige con las armas en la mano la insurgencia, ¿ cómo es posible que el gobierno Pastrana esté pensando en demostrar su voluntad de cambio a través de una reforma política que no va más allá de unos cuantos retoques cosméticos de las costumbres políticas tradicionales?

Por eso valdría la pena estudiar con serenidad la audaz propuesta del ex designado Juan Manuel Santos en el sentido de ir pensando más bien en consolidar con la guerrilla un género de Frente nacional en el que ambas partes quepan en la casa y ambas partes la reconstruyan. Bien dice Santos:

¿ O es que el Mono Jojoy va a deponer las armas a cambio de que haya listas únicas, se amplíe el periodo de los alcaldes o se prohiba la financiación privada de las campañas políticas?... Creer que este tipo de reformas son el preámbulo a la paz es algo iluso, por decir lo menos.

... Se trata de reconocer que sólo con una profunda redistribución del poder político, una recomposición institucional de la que hagan parte los alzados en armas, se podrán dar las garantías necesarias y alternativas de acción política para que se silencien los fusiles.

... Ya no se trata de ver cómo se hace más ancha la puerta para que entren los que están fuera de la casa de la democracia, concluye Juan Manuel Santos, sino que, se trata es de ver dónde los vamos a alojar, cómo es que nos vamos a distribuir los cuartos de la casa. Simples remiendos a nuestro sistema político no son suficientes. Ahora lo único que sirve es la construcción de un nuevo país.

Así pues, todos los esfuerzos por encontrar el camino de la paz, que ya dijimos no puede ser otro que el de las negociaciones políticas con la guerrilla, serán bienvenidos en cuanto no distraigan la seriedad y la gravedad de la situación y del proceso y en cuanto se entienda, de una vez por todas, que el objetivo último y muy preciso de la lucha insurgente no es otro que alcanzar el poder - poder que en este caso podría ser repartido - y se acepte por parte del establecimiento que no se pueden seguir haciendo acuerdos y componendas entre los mismos de siempre sin la participación activa de los que se encuentran por fuera precisamente tratando de cambiar las cosas.


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