<<<  La Esquina de Germán Uribe


Los viejos, la lógica y la fe


A raíz del cumpleaños de un amigo, quien sobrepasando generosamente los setenta años no se inmutaba porque le celebraran con bombos y platillos y mil promesas de tiempos mejores por venir, ya casi sus estertóreos ochenta, viéndolo apacible, un tanto ensimismado, metido de lleno en su rostro pálido, adusto y bonachón, escrutando uno a uno los gestos y las palabras de su mujer, de sus hijas, de sus yernos y de sus tres nietos revoltosos y alegres, no pude menos que indagar sobre lo que este resistido anciano podría estar elucubrando mientras los suyos le ensalzaban y festejaban una acelerada aproximación a la muerte.

¿Qué puede pensar un anciano enfermo? Nada. El anciano, gravemente enfermo, no piensa, se persigna y se resigna. ¿Qué puede pensar un joven acosado por algún mal terminal? Nada. Quizás no esté tan resignado, aunque quizás también se persigne. Pero mi curiosidad se acerca es a la imaginación y el pensamiento de un ser humano que, relativamente sano, va bordeando una de aquellas edades que por irreversibles y exageradas no pueden más que anunciarnos escandalosamente nuestra adyacencia a la muerte. Y, entonces, la pregunta se salta y se suelta sola: ¿que piensan los viejos, los viejos-viejos, cuando sus allegados se lanzan sobre él en un enjambre ciertamente de afectos pero no exento de curiosidad sobre un ya agotado sobreviviente de este mundo terrenal?

La vejez es el deterioro armónico del cuerpo y el alma. Me resisto a creer que el corazón de los ancianos entone y silbe canciones alegres mientras espera el turno de apagar las velitas de sus ochenta o de sus noventa años. De igual manera, siempre me he resistido a decirle al oído felicitaciones a un anciano fatigado por los achaques del cuerpo y enfermo por los dolores del alma, y con mayor razón cuando constato que él mismo ve que el turno de su finitud está más próximo que el de los alborozados amigos y parientes que lo circundan.

Cumplir años nunca puede ser bueno, y menos motivo de regocijo para nadie, a no ser que quien nos lo celebre sea nuestro sincero y cumplido enemigo.

Pero volviendo al caso del viejo cumpleañero, esta reflexión me sirve para aproximar una hipótesis. La lógica, esa disposición para discurrir con acierto que acompaña a los seres humanos durante todo el transcurso de su existencia, tiene necesariamente que verse truncada cuando la dura realidad, como una pedrada cayendo sobre nuestras sienes, nos anuncia una muerte pronta.

Que no me vengan a hablar de santos. Soy más devoto de los idiotas. Nadie, a quien le quede un hilo de lógica en su cerebro y un pelo de razón en su alma, puede contemporizar afinada, alegre y seductoramente con la muerte.

Lo que ocurre, y es lo que he venido a descubrir a raíz del cumpleaños de un amigo quien, sobrepasando generosamente los setenta años no se inmutaba porque le celebraran con bombos y platillos y mil promesas de tiempos mejores por venir, ya casi sus estertóreos ochenta, es que su silencio asustado frente a las velitas escondía una fórmula mágica, mágica como la más mágica de todas las fórmulas que él debía estarse repitiendo para sus adentros con suma ansiedad:

Cuando la lógica nos falla, la fe toma su lugar...


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