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¡Desmemoriados: recordemos la memoria!


A la memoria podría señalársela como la gran alcahueta, como la impecable e implacable celestina del tiempo. Y también, desde luego, como su gran preservadora, porque es la memoria, efectivamente, la que le da vida al tiempo. No deja, por lo tanto, de ser un poco simplista y curiosa la definición que de la memoria nos trae la enciclopedia : En los seres dotados de conciencia, capacidad de recordar hechos pasados, como pasados.

Pero esta facultad que tiene el hombre para recordar y conservar las huellas de las horas y los tiempos que pasan, se va perdiendo en el individuo con el correr de sus años y como producto de su natural deterioro biológico. Escuchando a Camilo José Cela [vigoroso, rocoso, recio, inteligente, apasionado], me asombro de su capacidad para conservar la memoria. A su edad, ya en el definitivo declive hacia la muerte, parece todavía el niño que está en el pleno ejercicio de descubrir el mundo y de aprender y memorizar sobre las cosas, y todo lo que dice, no importa si su referencia convoca tiempos ya muy remotos para él, parece haberlo vivido o aprendido la víspera. Admirable ejemplo que nos deja conturbados, pues somos conscientes de que vamos aceleradamente perdiendo la nuestra. Es claro que si no se la ejercita ésta se pierde o disminuye.

Una memoria bien ejercitada no tiene vejez ; lucha, batalla y en veces logra vencer el desgaste natural del organismo humano cuando éste afecta por completo nuestro ser. Es, de lejos, bien entrenada y cultivada, uno de los pocos atributos que la vida nos permite conservar hasta el umbral de la muerte. Todo lo demás en nuestro cuerpo y vida, es desechable. Y aunque Menéndez y Pelayo se refería a ella como el talento de los tontos, a uno no le queda más remedio que admirar a quienes la poseen y bendecir la poca que nos queda.

Don Quijote pensaba en la memoria, y con toda razón en su caso, como en la enemiga mortal de su descanso. Pero a nosotros su dispersión, su deterioro, su agotamiento, es precisamente lo que no nos deja en paz. Pero no porque necesariamente sea sabio y recto y justo el memorista, no, sino porque difícilmente puede llegar a ser lúcido o equilibrado quien la haya perdido.

Vivir sin memoria no solamente nos hace idiotas, estúpidos e inútiles...

Vivir sin memoria, en un mundo vivo, nos hace unos muertos más.


© Germán Uribe   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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