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El "poderoso" sexo por Germán Uribe Es cierto que el poder es un afrodisíaco. También es cierto que el hombre es un animal sexual. Pero no hay nada más cierto que la sexualidad del hombre es una expresión natural, individual y privada que, aunque vaya complementada y exaltada por el poder, no debe trascender los linderos de lo personal e íntimo. De resultas que el escándalo sexual del presidente norteamericano Bill Clinton con la deslenguada damita Mónica Lewinsky no deja de ser más que una exagerada manifestación de lo que ya harto conocemos como el fundamentalismo moral gringo, país de profunda cultura bíblica, puritano a conveniencia y excepcionalmente hipócrita. Esta ortodoxia religiosa del pueblo norteamericano que tan a menudo cae, a causa de esa mal entendida lectura bíblica, en la más profunda, repelente y ridícula hipocresía, es la que tiene en ascuas al hombre más poderoso del planeta y la que está por dejar sin presidente a la primera potencia mundial. Francamente esto es de no creerlo si no estuviera sucediendo, si desde hace más de medio año no fuera noticia de primera plana en todos los medios de comunicación norteamericanos y si no fuera comidilla diaria de todos los círculos, altos y bajos, de la sociedad estadounidense. Parece ser que los temas de verdadera preocupación mundial han sido relegados a un segundo plano mientras se destapan todos y cada uno de los detalles de esta relación sexual que aparte de Clinton, su mujer y su hija, y la damita lenguaraz, a nadie debería importar. Pero, ¿cómo hacer para que el ansioso puritanismo norteamericano calle, descanse y se ocupe de otra cosa, sin que se revele primero y de manera científica, precisa y cierta si la mancha en el vestido de la Lewinsky no corresponde al semen del señor presidente? |
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Pobre Clinton: ¿De qué sirve ser el hombre más poderoso de la tierra si no se tiene derecho al placentero gusto de un polvo privado? Para destapar y descifrar toda la hipocresía que encierra este caso, habría que averiguar por la cultura religiosa y la vida sexual privada del testarudo e infatigable fiscal especial Kenneth Starr. O sería bueno también invertir los papeles y poner al señor Clinton de juez de la vida privada e íntima del fiscal Starr. Los únicos implicados válidos en este irrisorio escándalo no pueden ser otros, aparte de los protagonistas, que la mujer y las hija del presidente. Y los únicos jueces posibles a quienes ciertamente compete calificar y sentenciar sobre esta relación sexual impropia, no son otros que Hillary y Chelsea Clinton. Y es que, además, ¿qué tienen que ver el poder y el sexo que no sea solamente una provocación, un aliento y una incitación el uno para el otro? Siendo el sexo una función natural privada, casi secreta, ¿por qué tiene que afectar una vida pública? ¿Puede el sexo sobre el poder? ¿El poder debería estar exento de sexo? © Germán Uribe ( Todos los derechos reservados por el autor ) |
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