<<<  La Esquina de Germán Uribe


Del sonido en el cine
por Germán Uribe


Amo el cine. En mi libro de aforismos Detrás del silencio lo convertí en el rey de éstos al llamarlo orgullosamente el arte total. Yo no sé cuántas películas he visto en mi vida hasta hoy, ni cuántas pude haber visto durante los últimos 8 años cuando entré en contacto con la televisión por cable y el Betamax. Seguramente son cientos, quizás miles. Buenas, regulares y malas. Memorables e intrascendentes. Ya he dejado en mi Diario la reseña de las que más me han impresionado, de aquellas inolvidables cintas que de cierta manera nos revolcaron el alma. Igualmente he visto infinidad de telenovelas colombianas, mexicanas, venezolanas, brasileñas, puertorriqueñas, argentinas, etc.. Tengo los ojos cuadrados e iluminados por el llanto y la risa. Una que otra buena y las más malas, aún cuando todas ellas, estas telenovelas, con el encanto picaresco y la sal entretenida de aquellas imágenes y parlamentos y diálogos y monólogos que se pasean por los asuntos cotidianos que a todos nos afectan y tocan y que nos pueden hacer gozar o sollozar de una manera casi amable y desprevenida. Con esto quiero decir que no soy enemigo de las telenovelas y muy por el contrario veo en ellas la radiografía dramática o graciosa de nuestra vida diaria. Sin embargo, he encontrado en este oficio de ver sistemáticamente cine y televisión un pero que corrompe nuestro solaz frente a la pantalla y muchas veces mortifica de tal manera que pude hacernos rabiar hasta desear abandonar el espectáculo o romper el telón. Se trata del sonido, o la música de fondo o las bandas sonoras o la música ambiental.

Francamente no puedo concebir que mientras el mundo progresa aceleradamente en este final de milenio, mientras la ciencia y la tecnología nos colocan ad portas de la cura del cáncer y del sida y nos depositan sin ningún misterio sobre nuestros escritorios las herramientas del Internet para una intercomunicación global sin precedentes y de insospechadas consecuencias benéficas hacia el futuro individual y social de la humanidad, los tristemente famosos operadores de sonido, o sonidistas, o ingenieros de sonido o ambientadores musicales, parecen todos ellos haberse puesto de acuerdo para mortificar a los espectadores impidiéndoles escuchar los textos y palabras de una producción cinematográfica, textos y palabras que son quizás la almendra, la esencia de cualquier film, obra de teatro o telenovela.

¿Qué pretenderán estos sordos sonidistas cuando, por ejemplo, en medio del desenlace de una historia en la que la mujer, con voz baja e intimista, decide contarle a su marido su infidelidad y los detalles que la condujeron a ello, los sordos del sonido arremeten con el estrépito de una pieza musical que va escandalosamente en aumento en la misma proporción en que ella declina su arrepentida voz? ¿Qué buscan acallando las voces de los actores? ¿Mostrar su profesionalismo musical? ¿Torpedear al director, al guionista, a los actores, al productor, al espectador? ¿Cuál es su función si no la de ambientar dramatizando, pero con la delicadeza y la sutileza necesarias para que tanto las palabras como la música causen el efecto deseado en el embebido circunstante?

Los sonidos ambientales a veces son desesperantes. El ruido de un camión que atraviesa veloz la carretera de enfrente, nos puede dejar sin saber aquel hombrecito del paraguas, por qué la mató. Y qué decir del pito del barco o los ruidos del tren o la sirena de los autos de la policía: debimos resignarnos a simplemente imaginarnos lo que pudo haberle dicho ella mientras le descargaba una aplastante cachetada sobre sus prominentes mejillas. El helicóptero nos arruinó la trama: no supimos cuánto lo amaba ella o por cuánto él la extorsionaba.

Sabiendo como se sabe que la música y los sonidos en el cine y la televisión son de enorme utilidad para completar un cuadro de dramatismo o de realidad creíble y verosímil, para sensibilizarnos o endurecernos frente a un episodio, para darle espectacularidad, lo más cuerdo sería permitirnos comprenderlo todo sin excluir los diálogos o los monólogos. Una música o un sonido discretos y precisos sin dejar perder el sentido de su finalidad ni el derecho al trabajo de todos los sonidistas sordos que son en este mundo, sería lo deseado.

Pero en fin, qué le vamos a hacer. Mientras sigamos asistiendo a películas y telenovelas que ni los directores, ni los productores parecen revisar después de su edición y que por culpa de esta enfermedad moderna del cine, generada por los famosos ingenieros de sonido, apenas estamos entendiendo parcialmente, a pedazos, nos seguiremos manteniendo a la expectativa de ver, quizás en el milenio próximo, una película o una telenovela completa.

Y juro que aunque adolezco de varios males, de sordo no tengo nada.


© Germán Uribe   ( Todos los derechos reservados por el autor )
correo   Preguntas, comentarios o referencias: guribe@cable.net.co


<<<  La Esquina de Germán Uribe