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El último de los escritores católicos por Germán Uribe
A escritores como Francoise Mauriac no se les puede juzgar - cuando se pretende ver el conjunto de su obra y de su vida- como novelistas. Hay que recurrir, para bien o para mal, al ámbito de su pensamiento, de sus ideas, lo que casi siempre contraría las aspiraciones de los asiduos cazadores de tramas, intrigas, amoríos o asesinatos. Y para situar al anciano escritor francés muerto en París en 1970, la simple referencia de Jean Lacroix de un lado, y Jean-Paul Sartre del otro, nos descubre ampliamente su frágil autocalificativo de católico de izquierda. |
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Lacroix y Marcel, por ejemplo, - para no retirarnos del espíritu francés que le dio vida- no desdicen del arduo y complicado calificativo. Se les puede ver y medir por esa lente. Sartre, en cambio, es el prototipo del intelectual ateo y de izquierda, baluarte de todo lo que sea desmitificación del cristianismo. Porque, en Francia, el malabarismo intelectual es planta que no se da, y si se da, no cosecha. De ahí que Franç ois Mauriac, queriéndose católico de izquierda fuera, a nuestro modo de ver, el típico escritor católico de centro que en medio de las convulsiones sociales y los revolcones ideológicos de nuestro siglo, tiende a desaparecer forzosamente. Le caben a Mauriac, no obstante, muchas glorias. Prosista de la escuela de Chateubriand y Barrè s, son ellos sus maestros de estilo y su estilo de maestros. Moralista cristiano menos profundo que Gabriel Marcel, pero no por ello menos sincero en la medida en que puso siempre a prueba la conservación de su fe. De origen burgués (nació en Burdeos en 1885), rompió paulatinamente el círculo de su influencia de clase. Fue miembro de la Academia Francesa en 1933 y director de Le Figaro, de 1945 a 1955. Premio Nobel de literatura en 1952, fue un conocedor como pocos del medio social que investigaba en sus obras (numerosas novelas, biografías, ensayos críticos, etc.). Se puede decir que a Mauriac lo proyectará en la historia - a más de su obra católica- la conmovedora pero casi irritante fidelidad a un hombre: Charles de Gaulle. Siempre a su sombra, se colmó de satisfacción al saberse escritor de cabecera del imperial expresidente francés. Sus Bloc-Notes, todo lo contrario de unas lucubraciones seniles que pudieron ser, o haber sido vistas como tales, constituían una constante preocupación por sus bien afianzados conceptos de Religión, Patria, Paz y De Gaulle, en el marco de la inmortal y bien garnida Francia. |
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No sabemos hoy, con certeza, cómo quedará en la historia del siglo que termina este prolífico escritor francés que llenara en su tiempo millares y millares de cuartillas todas ellas atiborradas de conceptos rígidos en defensa de la moral católica, de su fe cristiana y de su apego a la República Francesa y al general de Gaulle. Porque, ciertamente, tampoco sabemos que será de esos principios arduamente defendidos por él, cuando el próximo milenio comience a derrumbar sin misericordia los mitos, religiones, ideologías y creencias que llenaron con pasión ciega su agitada vida intelectual. Pero, en fin, recordar no siempre es comprometerse y algo bueno tuvo que quedar de este escritor francés cuando inesperadamente estamos evocando su sensibilidad católica de izquierda. © Germán Uribe ( Todos los derechos reservados por el autor ) |
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