Reverte ya se había serenado: caminar al paso de su amo, con sus caricias y arrumacos, habían devuelto el brioso corazón del corcel a su latido normal. Benjamín sonrió al ver piafar con tranquilidad a su caballo y, despaciosamente, lo montó.

Ojo caballo

Capítulo 7 – Los Siete Poderes

Echó un vistazo al mapa. Debía ir ahora hacia el Suroeste, donde le esperaba el tercer amuleto, una espada clavada en una peña. Pero la noche se precipitaba, así que extrajo del arnés una de las antorchas que llevaba preparadas para cuando llegara la oscuridad. Le faltaban aún cinco amuletos por obtener, y eran ya las nueve de la noche, por lo que debía intentar alcanzar cuanto antes su nuevo objetivo, antes que la oscuridad lo envolviera todo y su provisión de teas no le alcanzara para avanzar más.

Puso al galope a Reverte y no tardó mucho, antorcha en ristre, en llegar a un nuevo páramo que, según el mapa, debía acoger el tercer amuleto. Repitió Benjamín el ya conocido rito de cerrar los ojos y concentrarse en la imagen de la espada encastrada en la roca, y efectivamente allí estaba. Ahora el problema, como siempre, era cómo conseguirla. Estaba claro que no se trataba de intentar sacarla por la fuerza: no era ésa la virtud que apreciaban los amuletos, como bien sabía. La cuestión era obtenerla limpiamente, sólo con habilidad y astucia…

Se acercó a la espada y la observó de cerca; no había signos como en el cuenco, así que no podía confiar en esa ayuda. Se sentó a apenas media yarda del arma, una vigorosa espada del más duro acero templado, mientras intentaba dar con la clave para conseguirla. La noche caía, y a la luz de la tea encendida la sombra de la espada danzaba sobre la roca en la que estaba milagrosamente hundida.

Semihipnotizado por aquella danza de la sombra de la espada, se dio cuenta de que esa sombra, lógicamente, partía del punto de unión del arma blanca con la peña, como si la sombra fuera otra espada incrustada junto a la original y tangible. Como si fuera una revelación, recordó un dicho que su abuelo le repetía cuando era pequeño: «No hay mejor cuña que la de la propia madera«.

¡Eso era! Recordó que su abuelo insistió en que, entre el armamento, no fuera espada alguna, pero sí un cuchillo… la misma madera, el mismo acero. Extrajo del cinto el puñal, lo miró un momento y, tomando aire (si se equivocaba ya se veía atravesado por aquella poderosa tizona), colocó su punta sobre la roca, justo en el lugar en que ésta permitía entrar a la espada en su interior. Hizo palanca, sin mucho convencimiento, pero sorprendentemente la espada cedió un poco. Intentó meter algo más la hoja del puñal, y entró sin problema alguno, haciendo salir, al mismo tiempo, otro tanto de la del espadón. Terminó de hundir el puñal, poco a poco, en la roca, y la espada ya había salido una buena cuarta. Tomó entonces la empuñadura del arma sepultada y tiró de ella. La espada salió limpiamente de su guarida, y, sin que Benjamín aún la manejara, se colocó con la hoja hacia arriba, liberada de la mano del joven, suspendida en el aire milagrosamente. Cesaron los ruidos del entorno, como ya era habitual, y tronó la conocida (pero no por ello menos estremecedora) voz de ultratumba.

Quien me ha conseguido tendrá el Poder del Acero si reúne los otros cuatro amuletos del Poder.

La espada, el símbolo del Acero, buscó su lugar de inmediato junto a los amuletos del Fuego y del Agua, suspendidos los tres a una yarda del joven Benjamín. El príncipe, exhausto después de un día tan largo, decidió comer algo de las provisiones que llevaba en las alforjas y descansar hasta el día siguiente. De todas formas, era imposible moverse en la oscuridad de la noche, porque además no había luna. Lo más sensato sería recuperar fuerzas para, con el despuntar del día, reiniciar la búsqueda de los otros cuatro amuletos. Mientras despachaba un trozo de pan y queso, Benjamín, junto a la pequeña hoguera que había encendido, se preguntó qué pensaría cualquier viajero que lo encontrara, con aquellas tres materias suspendidas a su alcance, como si estuvieran colgadas del cielo. El sueño le llegó pronto, y se arrebujó en la manta al abrigo de su fiel Reverte, tumbado junto a él; aunque los caballos no duermen tumbados, Benjamín había acostumbrado a su corcel, desde que era un potrillo, a hacerlo así cuando salían juntos por la noche, de tal forma que ambos se daban calor mutuamente.

Pero la noche era el elemento fundamental de otros seres que no necesitaban dormir y que buscaban la ruina del joven príncipe.

Capítulo 7 – Los Siete Poderes

Muralla del castillo

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Foto Flickr «Caballo»: Pepe Ortuño