Érase una vez un castillo, en la Edad Media, cuando los dragones, los elfos y las hadas parecían coexistir con los seres humanos, cuando magos y brujas estaban a la orden del día. Aquel castillo era la última fortaleza del reino de Madrona, donde gobernaba el rey Cleto, un hombre bueno, justo y sabio que amaba a sus súbditos.

Castillo Olite

Capítulo 1 – Los Siete Poderes

Pero desde hacía varios años su vecino el rey Pervers, un monarca cruel y despiadado, mantenía una guerra contra Cleto, al que había conseguido arrebatar la mayor parte de su reino, sumiéndolo en la miseria y la más atroz represión.

Cleto resistía en su último castillo, una imponente fortaleza llamada también Madrona, como el propio reino, mientras los ejércitos de Pervers se estrellaban una y otra vez contra las altas almenas y el gran coraje de los soldados de Cleto. El rey tenía tres hijos: Anacleto y Mascleto eran los mayores, honrados y valientes pero no demasiado inteligentes. En cambio el tercero, el pequeño Benjamín, que contaba con apenas diecisiete años, además de valiente hasta lo temerario e igual de honrado que sus hermanos, era extraordinariamente inteligente, con una habilidad y una astucia absolutamente impropias en un chaval de sus pocos años. Debía esa excepcional cualidad no sólo a sus virtudes naturales, sino también al constante consejo y apoyo de su abuelo, el rey padre, el legendario Blasco, un anciano entonces confinado en el lecho, ya muy mayor y en la última etapa de su vida, pero que había asistido a toda la infancia y juventud de Benjamín, le había colmado de buenos consejos y había sabido ver la notabilísima inteligencia del muchacho.

Madrona resistía aquel día, como ya era habitual en los últimos meses, los embates de la soldadesca de Pervers. Las flechas oscurecían el cielo, pero los hombres de Cleto colocaban diestramente sus escudos y las saetas se estrellaban contra ellos, sin apenas producir heridos. Más tarde la infantería de Pervers, compuesta por lo peor de su reino, gente de condición infame, filibusteros y piratas, delincuentes comunes y seres ruines, intentaba asaltar los muros. Pronto los soldados de Cleto les enviaban varios cientos de litros de aceite hirviendo, que hacían que la chusma de Pervers se dispersara buscando cobijo y alivio para sus quemaduras.

Todo, en suma, parecía una jornada “normal” en las puertas de Madrona, hasta que, de buenas a primeras, el cielo se oscureció, cuando apenas eran las tres de la tarde, y un trueno estremecedor rasgó el horizonte. La soldadesca de Pervers retrocedió hasta sus filas, y una extraña bruma pareció acercarse como por arte de magia a la fortaleza, ante la estupefacción de los hombres de Cleto y del propio rey, que asistía desde el torreón a aquel raro fenómeno. De pronto, la bruma empezó a disolverse a gran velocidad, y de entre aquella niebla tan poco natural apareció el cuerpo de una mujer madura, de pelo negro como ala de cuervo y tez blanquecina; su rostro estaba amoratado por el enojo y el ceño fruncido le daba un aspecto infernal. Habló, y de su boca surgió una voz como de trueno, que hizo temblar las rodillas incluso a los más valerosos de los soldados de Cleto.

–Quiero hablar de inmediato con vuestro rey—tronó la mujer, como un relámpago en la tormenta. Cleto dio un paso al frente, pero sus hijos mayores, Mascleto y Anacleto, le aconsejaron que no se expusiera a enfrentarse a una enemiga cuyos extraños poderes, por lo que se había podido ver, eran muy importantes y desconocidos. Pero tronó de nuevo la mujer de pelo negro, y los cimientos de Madrona se estremecieron:

–Si no apareces al momento, Cleto, no dejaré piedra sobre piedra de este castillo, y todos los tuyos serán exterminados a sangre y fuego.

Y como si quisiera apoyar lo que decía con un gesto, extendió el brazo derecho y dirigió un dedo contra la muralla. Una especie de rayo surgió de la yema del índice, y el poderoso muro de dos yardas de espesor se quebró como el papel, abriéndose un agujero de considerable tamaño. Los defensores de Madrona se quedaron sin aliento: la extraña mujer de mirada torva poseía, en efecto, poderes sobrenaturales, pero desconocían qué es lo que realmente deseaba. Cleto, liberándose de los brazos de sus hijos mayores, que intentaban aún retenerlo, apareció por la puerta del castillo, cuyo puente levadizo fue inmediatamente bajado por sus fieles defensores. Cleto, imponente en su honradez y su bondad, se enfrentó sin más armas que su propio cuerpo a la extraña mujer, quien, al verlo indefenso ante sí, sonrió despectivamente y habló con voz cargada de arrogancia:

–Cleto, soy Milona, la gran maga de las montañas del Averno, y estoy aquí porque he sido llamada por mi amigo y pupilo el rey Pervers, que está ya cansado de esta guerra y de esta fortaleza que no consigue tomar. Pervers no desea aniquilar a tu pueblo, sólo que entregues la corona y la ciudad. Ni siquiera quiere tu vida, y en eso no estoy de acuerdo con él: mientras viváis tus hijos y tú, podría subsistir en tu antiguo reino la fantasía de que algún día podría volver a reinar tu estirpe. Pero, bueno, ésa es su idea de la magnanimidad… —sonrió maléficamente, y un destello negro parecía refulgir en donde debía estar la lengua–. Te concede un día de plazo para pensártelo; si mañana a esta hora, las tres de la tarde, no has entregado la fortaleza, volveré y la arrasaré hasta no dejar piedra sobre piedra, y ninguno de los habitantes de Madrona volverá a ver la luz de otro día. Si, por el contrario, entregas la plaza, Pervers –y sus labios dibujaron una sonrisa diabólica, como si no creyeran realmente lo que iba a decir—mantendrá a Madrona como hasta ahora, y tus hijos y tú marcharéis al exilio. Ésa es la palabra de Pervers y, como sabes, el rey siempre cumple su palabra, ¿no? Ja, ja, ja…

Las carcajadas de Milona hicieron retumbar los muros del castillo. Cleto se sentía empequeñecido ante aquella mujer, cuyos vestidos negros parecían revolotear como si un viento inexistente los moviera. De pronto, Milona se alzó del suelo como suspendida por cables, abrió los brazos en cruz y gritó, como un terremoto:

–Recuerda, Cleto, te separan veinticuatro horas de la muerte o del exilio—Y volvió a reír con mayor estruendo aún. Levantó los brazos al mismo tiempo y, con una fuerte explosión, se desvaneció en el aire.

Capítulo 1 – Los Siete Poderes

Muralla del castillo

© Enrique y Jorge Colmena  ( Todos los derechos reservados por los autores )
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Foto Flickr “Castillo”: erral