El rey padre entró en brazos de cuatro lacayos, que lo depositaron en un sillón colocado a tal efecto en el centro del torreón. Cleto y sus hijos lo rodearon. El anciano, de cara venerable y aspecto bondadoso, les habló con voz frágil pero aún profunda, como si procediera de lo más hondo de su corazón.

Torreón

Capítulo 3 – Los Siete Poderes

–Majestad, hijo mío; altezas, mis queridos nietos —y derramó su mirada por Mascleto, Anacleto y Benjamín, deteniéndose amorosamente en el juvenil rostro de éste—, sé por qué me convocáis al consejo: he oído todo desde mi lecho, y no me ha hecho falta ver la cara de Milona para saber quién era; la conozco desde hace muchos años, cuando ella era una joven aprendiza de bruja y yo era el príncipe de este reino. Es más, en algún momento… —el anciano pareció dudar—, bien, creo que no viene al ca so contar ahora ciertas historias —se aclaró la garganta, que parecía quebrarle la voz—. Hijos míos, hay una forma de evitar que mañana, a las tres de la tarde, Madrona se tenga que rendir o perecer bajo la ira de Milona.

Benjamín se lanzó a abrazar las rodillas de su abuelo.

–¡Lo sabía, lo sabía, abuelo, tú nos salvarás!

Blasco lo miró con pena, una tristeza infinita le surcó la cara un momento.

–No, hijo, no, no seré yo quien os salvará… si alguien puede hacerlo… ése eres tú.

Mascleto y Anacleto parecieron haber perdido la respiración. Se miraron sorprendidos y apenas podían articular palabra. Por fin el mayor rompió a hablar:

–¿Cómo que Benjamín nos salvará? ¿Desde cuándo los niños salvan a los hombres? Ni siquiera es mayor de edad y el abuelo pretende que sea él quien nos salve. Perdona, abuelo, pero creo que has perdido la cabeza.

Cleto le dirigió una mirada muy dura, y Mascleto dio un paso atrás, agachando la cabeza.

–Habla, padre, te escuchamos—el rey se aprestó a oír la voz de Blasco, el legendario rey padre—.

Blasco respiraba entrecortadamente; la tensión del consejo y el conocimiento de que el futuro de su gente dependía de lo que él dijera en ese momento le producía una opresión en el pecho que no le permitía respirar bien. Acompasó las inspiraciones y expiraciones, y habló con voz queda pero clara:

–En siete mágicos lugares diferentes del reino existen otros tantos amuletos que suponen cada uno de ellos la representación de un poder extraordinario. Son conocidos como los Siete Poderes. Quien consiga arrancarlos de las piedras en las que están incrustadas, pero no por la fuerza, sino con astucia y habilidad, podrá utilizar esos Siete Poderes en su beneficio. Pero para utilizarlos hay que obtener los siete amuletos. De otra forma, no tienen poder alguno. En un viejo arcón que tengo en mi aposento, deb ajo de mis vestidos, hay un antiguo mapa que indica la situación de cada uno de esos amuletos.

Anacleto, el segundo hijo, habló entonces:

–Abuelo, ¿cómo sabes eso? ¿Y cómo tienes ese mapa?

El anciano le contestó con voz pausada:

–Anacleto, hijo mío, ese mapa es la causa de la enemistad de Pervers con nuestro pueblo —ante el desconcierto de todos, continuó—. Cuando yo era joven, mi abuelo me lo entregó y me hizo prometer que sólo lo utilizaría si la vida de mi familia y el bienestar de mi pueblo estaba en grave peligro. Pero Milona, que entonces era una aprendiz de bruja y que… –se le quebró un momento la voz—, entonces era… mi novia —todos los presentes quedaron aún más sorprendidos—, intentó robarme el p lano por orden de Maguncio, el padre de Pervers. Yo me di cuenta antes de que lo consiguiera, y rompí con ella. Desde entonces, Maguncio primero y después Pervers han intentando por todos los medios conquistar el reino de Madrona, porque así conseguirían el mapa e intentarían obtener los siete amuletos que les darían tan extraordinarios poderes… Ahora ya lo sabéis, y sabéis también cuál es el interés de Milona en todo este asunto… Además de que, con el tiempo, y tras nuestra ruptura, se convirtió en un a bruja amargada que sólo disfruta lastimando a los demás.

Cleto habló, todavía sofocado por lo que acababa de conocer.

–Pero, padre, ¿por qué has dicho que Benjamín será quien nos salvará?

–Por dos cosas: una, porque sólo alguien totalmente puro podrá hacerse con los amuletos, y entre nosotros sólo Benjamín lo es, ¿verdad? —miró a su nieto predilecto, cuya dulzura era sólo comparable a su inteligencia—, y dos, porque para conseguir esos amuletos es preciso sobre todo habilidad y astucia, no sirve la mera fuerza. ¿Y quién de vosotros, hijos míos, es más inteligente?

Mascleto y Anacleto se miraron, y comprendieron que ésa no era precisamente su mayor virtud. Blasco miró a Benjamín con amor, y le habló con una sonrisa:

–Benjamín, nieto mío, al que quiero como si fuera mi hijo, tengo que pedirte que hagas algo que quisiera hacer yo; tengo que pedirte que vayas a una aventura peligrosísima, en la que puedes perder la vida; porque has de saber que si no consigues alguno de los amuletos, el poder del mismo te matará en el acto; pero de ti depende que mañana, a esta hora, sigamos todos viviendo o hayamos muerto. No me preocupa mi futuro: me queda poco tiempo de vida; pero sí amo esta tierra y a sus gentes, y amo a mi familia , y no deseo que caigan bajo la pesada bota represora de Pervers y bajo los designios maléficos de Milona. ¡Hijo mío, tú eres nuestra única salvación! Si consigues reunir los siete amuletos, podrás enfrentarte con posibilidades a la diabólica Milona. ¿Crees que podrás hacerlo?

–Ardo en deseos de ello, abuelo mío, que has sido siempre para mí como otro padre. Benjamín abrazó las rodillas de Blasco; el anciano no pudo contener las lágrimas. Cleto abrazó a ambos, y los dos hijos mayores, tras un momento de duda, se sumaron al grupo.

Tras unos momentos, se separaron. Blasco habló:

–Benjamín, hijo, parte cuanto antes; tienes poco más de veintitrés horas para conseguir los siete amuletos. Ve a mi estancia y busca bajo los vestidos guardados en el arcón: encontrarás el mapa. Entretanto —miró a sus otros nietos— debéis buscarle el armamento adecuado; debe ser exactamente el que os voy a decir: una lanza, lo más larga posible, un cuchillo y un escudo, además de un casco. Por supuesto, irá a caballo. ¿Llevarás a Reverte, tu querido corcel, hijo mío?

–Claro, abuelo, ya sabes que es como si fuera mi hermano pequeño.

Benjamín partió hacia la estancia de Blasco, y volvió pronto con el mapa, estudiándolo.

–Creo que sé orientarme con este pergamino, aunque me imagino que los amuletos no estarán a la vista de todos.

–En efecto, hijo —dijo Blasco—, sólo aquéllos que tengan el mapa en su poder y busquen los amuletos podrán verlos–. El anciano hizo una pausa–. Y ahora, Benjamín, escucha un último y muy importante consejo —hizo que se agachara y en voz queda, para que sólo el pequeño de los hermanos lo escuchara, le habló al oído—Si te encuentras en una situación de gravísimo peligro, en la que puedas perder la vida, podrás usar, sólo una vez, un conjuro mágico: dirás las palabras «NO SOY, NO ESTOY, ME VOY«, y al punto desaparecerás y aparecerás de inmediato a una legua de donde te encuentres en ese momento». Pero recuerda, sólo podrás usarlo una vez, así que guárdala para un momento realmente arriesgado.

No eran aún las cuatro cuando Benjamín, armado como había indicado su abuelo y a lomos de Reverte, pasó por el puente levadizo al galope. Se volvió una última vez y saludó con una mano, mientras una lágrima se le escapaba de la mejilla viendo a sus hermanos y padre en el torreón de Madrona; quizá aquélla fuera la última vez que los viera, que le fuera dado contemplar los amados muros de la ciudad que lo vio nacer y a la que quería como si fuera su madre, muerta cuando era sólo un niño.

No volvió a mirar atrás, para que no le venciera la nostalgia ni la melancolía, y enfiló hacia el Norte, donde, según el mapa, debía encontrarse el primero de los siete amuletos, señalado en el pergamino como si fuera un fuego que ardiera en una peña.

Capítulo 3 – Los Siete Poderes

Muralla del castillo

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Foto Flickr «Torreón»: Laucha72