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Oswaldo Guayasamín, Origen, 1951

 

El hermano menor (2)

Leonor supo que habían llegado por el ladrido de los perros. Estaba semidormida cuando un ronco gruñido cortó la noche, y bajo su ventana pasó, como una exhalación, un animal acezante. Era Spoky: advirtió su carrera frenética y sus inconfundibles aullidos. En seguida escuchó el trote perezoso y el sordo rugido de Domitila, la perrita preñada. La agresividad de los perros terminó bruscamente: a los ladridos sucedió el jadeo afanoso con que recibían siempre a David. Por una rendija vio a sus hermanos acercarse a la casa, y oyó el ruido de la puerta principal, que se abría y cerraba. Esperó que subieran la escalera y llegaran a su cuarto. Cuando abrió, Juan estiraba la mano para tocar.

-Hola, pequeña -dijo David.

Dejó que la abrazaran y les alcanzó la frente, pero ella no los besó. Juan encendió la lámpara.

-¿Por qué no me avisaron? Han debido decirme. Yo quería alcanzarlos, pero Camilo no me dejó. Tienes que castigarlo, David; si vieras cómo me agarraba: es un insolente y un bruto. yo le rogaba que me soltara, y él no me hacía caso.
Había comenzado a hablar con energía, pero su voz se quebró. Tenía los cabellos revueltos y estaba descalza. David y Juan trataban de calmarla, le acariciaban los cabellos, le sonreían, la llamaban pequeñita.

-No queríamos inquietarte -explicaba David-. Además, decidimos partir a última hora. Tú dormías ya.
-¿Qué ha pasado? -dijo Leonor.

Juan cogió una manta del lecho y con ella cubrió s su hermana. Leonor había dejado de llorar. Estaba pálida, tenía la boca entreabierta y su mirada era ansiosa.

-Nada -dijo David-. No ha pasado nada. No lo encontramos.

La tensión desapareció del rostro de Leonor, en sus labios hubo una expresión de alivio.

-Pero lo encontraremos -dijo David. Con un gesto vago indicó a Leonor que debía acostarse. Luego dio media vuelta.
-Un momento, no se vayan -dijo Leonor.

Juan no se había movido.

-¿Sí? -dijo David-. ¿Qué pasa, chiquitita?
-No lo busquen más a ése.
-No te preocupes -dijo David-, olvídate de eso. Es un asunto de hombres. Déjanos a nosotros.

Entonces Leonor rompió a llorar nuevamente, esta vez con grandes aspavientos. Se llevaba las manos a la cabeza, todo su cuerpo parecía electrizado, y sus gritos alarmaron a los perros, que comenzaron a ladrar al pie de la ventana. David le indicó a Juan con un gesto que interviniera, pero el hermano menor permaneció silencioso e inmóvil.

-Bueno, chiquita -dijo David-. No llores. No lo buscaremos.
-Mentira. Lo vas a matar. Yo te conozco.
-No lo haré -dijo David-. Si crees que ese miserable no merece un castigo…
-No me hizo nada -dijo Leonor, muy rápido, mordiéndose los labios.
-No pienses más en eso -insistió David-. Nos olvidaremos de él. Tranquilízate, pequeña.

Leonor seguía llorando; sus mejillas y sus labios estaban mojados, y la manta había rodado al suelo.

-No me hizo nada -repitió-. Era mentira.
-¿Sabes lo que dices? -dijo David.
-Yo no podía soportar que me siguiera a todas partes -balbuceaba Leonor-. Estaba tras de mí todo el día, como una sombra.
-Yo tengo la culpa -dijo David, con amargura-. Es peligroso que una mujer ande suelta por el campo. Le ordené que te cuidara. No debí fiarme de un indio. Todos son iguales.
-No me hizo nada, David -clamó Leonor-. Créeme, te estoy diciendo la verdad. Pregúntale a Camilo: él sabe que no pasó nada. Por eso lo ayudó a escaparse. ?No sabías eso? Sí, él fue. Yo se lo dije. Sólo quería librarme de él, por eso inventé esa historia. Camilo sabe todo, pregúntale.

Juan había dado media vuelta y se dirigía hacia la puerta; cuando David trato de detenerlo, estalló. Como un endemoniado, comenzó a proferir improperios: trató de puta a su hermana, y a su hermano, de canalla y de déspota; dio un violento empujón a David, que quería cerrarle el paso, y abandonó la casa a saltos, dejando un reguero de injurias. Desde la ventana, Leonor y David lo vieron atravesar el descampado a toda carrera, vociferando como un loco, y lo vieron entrar a las cuadras y salir poco después montando a pelo el Colorado. El mañoso caballo de Leonor siguió dócilmente la dirección que le indicaban los inexpertos puños que tenían sus riendas: caracoleando con elegancia, cambiando de paso y agitando las crines rubias de la cola como un abanico, llegó hasta el borde del camino que conducía, entre montañas, desfiladros y extensos arenales, a la ciudad. Allí se rebeló. Se irguió de golpe en las patas traseras, relinchando; giró como una bailarina, y regresó al descampado, velozmente.

-Lo va a tirar -dijo Leonor.
-No -dijo David, a su lado-. Fíjate. Se sostiene.

Muchos indios habían salido a las puertas de las cuadras y contemplaban, asombrados, al hermano menor, que se mantenía increíblemente seguro sobre el caballo y a la vez taconeaba con ferocidad sus ijares y le golpeaba la cabeza con uno de sus puños. Exasperado por los golpes, el Colorado iba de un lado a otro, encabritado; brincaba, emprendía vertiginosas y brevísimas carreras y se plantaba de golpe; pero el jinete parecía soldado a su lomo. Leonor y David lo veían aparecer y desaparecer, firme com el más avezado de los domadores, y estaban mudos, pasmados. De pronto el Colorado se rindió: su esbelta cabeza colgando hacia el suelo, como avergonzado, se quedó quieto, respirando fatigosamente. En ese momento creyeron que regresaba: Juan dirigió el animal hacia la casa y se detuvo ante la puerta, pero no desmontó. Como si recordara algo, dio media vuelta, y a trote corto marchó derechamente hacia esa construcción que llamaban La Mugre. Allí bajó de un brinco. La puerta estaba cerrada, y Juan hizo volar el candado a puntapiés. Luego indicó a gritos a los indios que estaban adentro que salieran, que había terminado el castigo para todos. Después volvió a la casa, caminando lentamente. En la puerta lo esperaba David. Juan parecía sereno: estaba empapado de sudor, y sus ojos mostraban orgullo. David se aproximó a él y lo llevó al interior, tomado del hombro.

-Vamos -le decía-. Tomaremos un trago mientras Leonor te cura las rodillas.