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Nuestra adición al dolor


En cualquier esfuerzo por romper una adicción lo primero que hay que lograr es que la persona entienda y reconozca el problema. No es difícil identificar los efectos de una adicción cuando se trata de un alcohólico. Sin embargo, TODOS somos víctimas de ciertos hábitos de comportamiento que pueden ser igualmente autodestructivos pero mucho más difíciles de identificar porque creemos que sus consecuencias son "normales", o peor aún, "inevitables".

Dudo mucho que exista alguien que no esté dispuesto a declarar, con toda sinceridad, que no quiere sufrir más en su vida. El problema está en que mientras no entendamos por qué sufrimos, no podemos superar nuestros pesares.

En primer lugar, somos adictos al dolor porque nos hace sentir vivos, nos llena de energía, incluso nos motiva. Estas son consecuencias directas de TODA adicción, beneficiosa o destructiva. El hecho que sea un estímulo doloroso es una evaluación subjetiva posterior que no afecta en lo más mínimo la realidad de los efectos que produce.

¿Han notado cómo prospera y se une una comunidad después de sufrir un desastre natural? El potencial de colaboración, compasión entre sí y apoyo emocional existe siempre, pero no hay nada mejor que una tragedia para motivar a todos a realizar ese potencial. Esta misma dinámica opera a nivel individual en nuestras relaciones personales.

Estamos "programados" a reaccionar ante el dolor. ¡La vida fácil, llena de amor y comprensión de todos los que nos rodea, sin dificultades económicas ni conflictos personales o sociales, la consideramos aburrida! Cada vez que alcanzamos esos niveles "idílicos" en nuestras vidas, tarde o temprano sucede algo "malo" que nos afecta emotivamente y nos sacude de la "paz, armonía y felicidad" que habíamos encontrado en medio de nuestro aburrimiento. ¡Decimos que queremos ser felices, pero la felicidad nos aburre!

Si entendemos que, consciente o inconscientemente, cada persona es responsable de todo lo que experimenta en su vida, entonces es fácil ver que atraemos a nuestras vidas el dolor porque nos excita y motiva. Esta realización nos deja con dos alternativas: aprender a recibir igual estímulo de la felicidad, o aprender a asimilar la motivación hacia cambios que nos ofrece el dolor lo más rápido posible para no perpetuarlo.

La primera alternativa es un proceso largo y lento de evolución emotiva. El hombre moderno no conoce lo que es la felicidad y el éxtasis que puede proveer un estímulo igual, o más potente aún, que el que recibimos a través del dolor. Tengo la firme convicción que gradualmente todo individuo aprende a ir rechazando el dolor para crecer con motivaciones positivas, no negativas. Pero estamos recién comenzando a gatear en ese proceso y para poder caminar en medio de la felicidad, tenemos que dominar el mecanismo de los frenos ante el dolor.

Eso nos deja con la segunda alternativa: aprender a no perpetuar el dolor en nuestras vidas. ¡Ojo! No estoy hablando de aprender a ELIMINAR el dolor, sino a NO PERPETUARLO. La diferencia es enorme porque, mientras continuemos madurando sólo cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles y dolorosas, sin dolor dejaríamos de avanzar en nuestra evolución personal y emotiva. ¡Lo interesante del caso es que si permitimos que el dolor en nuestras vidas sea CONSTANTE, también eso impide nuestra evolución personal y emotiva!

El dolor que no nos lleva hacia un nivel más elevado de experiencia y conocimiento, es dolor innecesario y contraproducente. El propósito del dolor no es agobiarnos, sino llamar nuestra atención a algo que tenemos que entender y cambiar. En cuanto logramos esa comprensión y aceptamos los cambios, el dolor desaparece.

El niño que pone la mano sobre el horno caliente experimenta dolor que lo alerta del peligro del fuego que puede quemar su piel. En cuanto el niño entiende lo que le está produciendo dolor, retira su mano del horno y el dolor cesa. Pero al traducir este simple ejemplo a nuestras vidas personales experimentamos serias dificultades entendiendo por qué tenemos que soltar el horno que tanto valoramos para dejar de sentir dolor. ¿Cómo es posible que una relación de diez años esté ahora provocándonos tanto dolor? En situaciones como esta, a menudo, en vez de aceptar que tenemos que apartarnos de la relación, preferimos optar por una vida de dolor. Si volvemos al caso del niño con su mano sobre el horno nos resulta fácil entender que sería absurdo y contrario a todo instinto natural que el niño continuara con su mano sobre el fuego una vez que entiende la procedencia del dolor. Cuando se trata de relaciones personales y nuestra vida privada, ¿por qué no nos damos cuenta de lo absurdo y poco natural de seguir optando por aguantar dolor estoicamente?

Hay que entender también que existen distintas formas de lidiar con el calor del fuego para no seguir recibiendo quemaduras. Se puede bajar la temperatura o cubrir la mano con un guante. En una relación personal, se pueden cambiar las actividades conflictivas, o reajustar expectativas de manera más afín con la realidad que vive la pareja. Lo esencial es ACTUAR de alguna forma para recibir alivio al dolor.

Lo difícil en nuestros enfrentamientos con el dolor es que estamos acostumbrados a sufrir. Crecemos en sociedades en las que se reconoce y exalta el sacrificio y el dolor. Se condecora al que pierde su vida en el frente de batalla, y se menosprecia a quien opta por contribuir al crecimiento económico y progreso de su comunidad. Nos conmueve el sufrimiento del pobre, pero desdeñamos la validez de cualquier trauma emocional de un ejecutivo exitoso.

Los valores que rigen en nuestras sociedades nos enseñan desde niños que tenemos que sacrificarnos y sufrir en esta vida porque sólo así podemos aspirar a ser felices en la próxima. Yo no encuentro fácil entender la lógica de esas enseñanzas, pero las aceptamos por hábito, y seguimos sufriendo por hábito. Peor aún, en los momentos en que experimentamos felicidad nos invaden sentimientos de culpabilidad: ¿Cómo puedo yo estar feliz cuando hay otros que sufren tanto?!!! Resultado: la felicidad nos dura muy poco porque sentimos que no la merecemos.

¿Se dan cuenta de lo absurdo del círculo vicioso en que nos mantienen estas convicciones?

Es precisamente a través de análisis como este que comenzamos a darnos cuenta de la naturaleza del problema (de la adicción). Es ilógico pero preferimos quejarnos de nuestros pesares antes que buscar activamente la manera de eliminarlos. De nuevo, porque hemos aprendido a considerar el sufrimiento como algo "normal" e "inevitable", pero no así la felicidad.

¿Es posible cambiar nuestra realidad y aprender a apreciar la felicidad? Yo estoy segura que sí, pero recuerden que el primer paso es aceptar y entender la adicción que nos consume.


© María del Carmen Siccardi   ( Todos los derechos reservados por el autor )
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