Toda la población de Madrona estaba atónita. Acostumbrada ya al sitio del castillo, de alguna forma habituados a la batalla diaria pero fortalecidos por su fe en vencer al maléfico Pervers, no podían imaginar que la situación diera un giro tan desesperado.

Castillo

Capítulo 2 – Los Siete Poderes

Cleto volvió al torreón y llamó a sus tres hijos para deliberar. Mascleto, el primogénito, fue el primero en hablar:

–Padre, sabes que soy tan valiente como el que más, pero me temo que esta vez no tenemos escapatoria: tenemos que entregar el castillo, y así al menos salvaremos la vida de nuestro pueblo, y nosotros marcharemos al exilio; quizá en el futuro podamos volver a recuperar lo que es nuestro.

Anacleto, el segundo de los hijos del rey, apoyó a su hermano.

–Sí, padre, no tenemos otra elección, ya hemos visto los extraordinarios poderes de esa maga. Benjamín terció en el asunto:

–Padre, no quiero que creas que soy un temerario, pero creo que la solución no es entregar la fortaleza. ¿En verdad creéis, hermanos, que Pervers va a cumplir su palabra? ¿Es que no sabemos cómo ha tratado a las otras ciudades de nuestro reino que han caído bajo su cetro? La gente se muere de hambre, está sujeta a impuestos altísimos, sus ejércitos realizan constantes incursiones, la muerte y la desolación campan por donde antiguamente sólo existía bienestar y armonía… ¿Cómo podéis creer en la palabra de un monarca que ha demostrado una crueldad tan extrema? Pero es que, además, en el supuesto de que pudiéramos creer la palabra de tan malvado rey, ¿confiaríais en que la maga Milona se plegara a ello? Ya habéis visto hoy cómo disfruta haciendo alarde de su poder: es una bruja que goza haciendo sufrir a los demás y pavoneándose de sus extraordinarios poderes. Es cruel y pérfida, y aunque Pervers no lo fuera, que también lo es, no desaprovecharía la ocasión para descargar su maldad contra nuestro pueblo y nuestra familia. Ella misma lo ha dicho: cree que no deberían dejarnos marchar al exilio. Estoy seguro de que, si nos rendimos, mañana mismo la familia real sería asesinada y nuestro pueblo sometido a las peores torturas y vejaciones.

Cleto hizo un gesto para acallar a Mascleto y Anacleto, que pugnaban por discutir con su hermano menor:

–Creo que tienes razón, Benjamín, como casi siempre—miró a sus otros hijos–. Hijos míos, sois tan bravos como, me temo, escasos de inteligencia. Benjamín ha sabido ver lo que cualquiera con dos dedos de frente habría visto: Pervers sólo pretende nuestra eliminación física pura y dura, y someter a Madrona al mismo régimen de horror que al resto del reino. Sólo nos queda, me temo, la posibilidad de resistir hasta la muerte, aunque mañana sea nuestro último día de vida. Benjamín miró a su padre con cierta complicidad.

–Padre, aún no está todo perdido. Como bien sabes, mi abuelo, tu padre, el venerable Blasco, es un hombre que siempre ha gozado de extraños poderes; cuando era niño recuerdo como me hacía estremecer con algunos trucos que nunca llegué a comprender. Sé que él podría darnos la clave para enfrentarnos a Milona. Te ruego que lo convoques a esta reunión.

A Mascleto se le cambió la cara:

–Pero, padre, por Dios, ¿qué puede aportarnos un anciano impedido que está prácticamente en su lecho de muerte?

El rostro de Anacleto confirmaba que estaba totalmente de acuerdo con su hermano mayor.

Benjamín terció rápidamente, antes de que su padre pudiera siquiera tomar en consideración las palabras de sus hermanos:

–Padre, majestad, ¿habrá que recordar que Blasco es un hombre sabio y bueno, y que aunque esté ahora al final de su vida, impedido para moverse, sigue manteniendo la cabeza lúcida y la mente despejada como cuando estaba en la flor de la vida? Su consejo nos puede ser muy útil; es más, estoy seguro de que nos dará la clave para escapar con bien de este callejón sin salida.

Cleto pareció vacilar, pero el rostro resplandeciente de Benjamín, pleno de inteligencia, lo decidió.

–Traed al punto a este consejo a Blasco, el rey padre—ordenó a sus vasallos. Los hermanos se cruzaron algunas miradas. Las de los mayores no eran precisamente amables, pero Benjamín les dedicó una de sus sonrisas irresistibles, y Mascleto y Anacleto se sintieron abrumados y culpables por sus resentimientos.

Capítulo 2 – Los Siete Poderes

Muralla del castillo

© Enrique y Jorge Colmena  ( Todos los derechos reservados por los autores )
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Foto Flickr “Castillo”: lonoak